Dunkerque (2017)


Una escena de la película.

Una gran película. Lo que más me ha impresionado es la tensión dramática de un guión y un montaje que hacen juegos malabares que, de entrada, parecen imposibles. Porque a Nolan (guionista, director y en parte, productor) se le ocurrió la idea de combinar tres historias: una, la que ocurre en las playas, que dura una semana, el tiempo que más o menos duró la Operación Dynamo; otra, la que explica la aventura de una embarcación de recreo que acude a Dunkerque como parte de la Pequeña Flotilla, que dura un día; la tercera y última, una patrulla de cazas británicos enfrentándose a la Luftwaffe sobre las playas de Dunkerque, que dura una hora. Tierra, mar y aire; una semana, un día, una hora. Las piezas del rompecabezas encajan con soberbia precisión y el conjunto, una obra coral en la que cada parte es un todo, es más que notable, un alarde narrativo brillante e impecable.

Barcelona



Cuando esto escribo, todavía no sabemos cuántas personas han muerto o han quedado heridas, las noticias son todavía confusas y la tristeza se nos ha echado encima. Sirva esta breve e insuficiente nota para intentar consolar a quien ha perdido a sus seres queridos o ha sufrido daño; sirva, también, para agradecer el trabajo de bomberos, policías, personal sanitario, voluntarios... No sé qué más decir.

Morir en primavera



Traducida por Carles Andreu, Libros del Asteroide publica Morir en primavera, de Ralf Rothmann, una magnífica novela. 

Comienza el relato en los años ochenta. El narrador, en primera persona, habla de su padre, que ha sido minero y ahora afronta los últimos años de su vida. Sabe que hizo la guerra, pero ¿qué pasó entonces? El padre, Walter Urban, se niega a responder y señala directamente al autor: El novelista eres tú, le dirá. 

De la mano de Rothmann, conoceremos el paso del joven Walter Urban por la guerra. Trágico, desolado y triste, cómo no. Alistado a los 18 años en la 10.ª División Panzer de las SS, Frundsberg, en febrero de 1945, aprenderá a conducir y servirá en las columnas de transporte de la división. Conocerá el horror y la barbarie, la verá muy cerca, tan cerca que tendrá que participar en ella... y hasta ahí puedo seguir. El clímax de la novela, en serio, pone los pelos de punta y es de lo mejorcito que he leído últimamente.

Es una magnífica novela, insisto. Describe el caos de los últimos días de la guerra y la estupidez, la crueldad y el fanatismo como nadie, pero también obsequia al lector con páginas tan bellas y con una narrativa tan fácil de leer (¡y tan difícil de escribir!) que la obra es de las que uno comienza y no quiere dejar de leer hasta el final. Es una gran novela, punto, y cualquier otra cosa que diga será superflua.

Una nota al margen. Günther Grass sirvió en esta misma división al final de la guerra.

Del orinal a la piña


El orinal de Duchamp cumple cien años...
...y sigue dando guerra.

Desde que Duchamp dejara un orinal (un urinario) en la muestra de la Sociedad de Artistas Independientes de Nueva York en 1917, y además lo dejara tumbado, en posición incorrecta, titulara Fountain (Fuente) a su ocurrencia y firmara, por si acaso, como R. Mutt en vez de con su nombre, el arte ya no es lo que era. Este primer ejemplo de objet trouvé (es dedir, de eso que me encuentro por ahí) dejó la puerta abierta a cualquier ocurrencia y el artista no es ya el creador, sino el que hace creer a los demás que lo suyo es arte (lo que, bien mirado, también tiene su arte). 

La broma de Duchamp sentó mal en su día y fue retirada casi inmediatamente de la exposición. Duchamp se retiró de la sociedad, por considerar que no tenían sentido artístico (ni sentido del humor). El original se perdió y no se ha vuelto a saber de él. Quizá lo instalaron en alguna parte algunos lampistas desalmados. En los años sesenta, Duchamp firmó en más orinales, viendo el negocio, y hoy no hay menos de quince en varios museos de arte contemporáneo alrededor del mundo, y cada uno pasa por ser el verdadero orinal de Duchamp.

Sin embargo, la piña de Gray no tiene menor mérito que el orinal, aunque a Gray no lo conoce nadie... o no lo conocía nadie hasta que dejó una piña en un museo. Les contaré.

El protagonista de la broma de la piña.

Ruairi Gray, un estudiante de administración de empresas de 22 años, alumno de la Universidad Robert Gordon, en Escocia, se la jugó con un amigo e inició su broma comprando una piña en una frutería cercana. Pagó por ella una libra esterlina. Con la piña bajo el brazo, entraron en el edificio Sir Ian Wood, donde se había abierto una muestra de arte contemporáneo y dejó la piña encima de una mesa, en la sala principal de la exposición.

No había nada en ese plafón, dijo más tarde, y decidí dejar la piña encima, para ver qué pasaba. ¿Y qué pasó? Que al día siguiente la piña estaba protegida por una vitrina y era el centro evidente de la muestra. 

La venerada piña.

A los dos días, la piña era venerada como si fuera una obra excepcional y Gray acudió con su tutor a la exposición, temiendo que la broma hubiera ido demasiado lejos. El tutor del señor Gray (un avezado profesor universitario) habló con el comisario de la exposición y le preguntó si aquello (señalando a la piña) era en verdad una obra de arte. La respuesta del comisario fue de las que merecen pasar a los libros de historia del arte: Por supuesto, afirmó. ¿Acaso no ve cómo está protegida por una vitrina?

Cuando se descubrió el enredo, el pitorreo fue mayúsculo y circuló por las redes sociales, causando mucho ruido. Gray puso su piña en venta, pues había demostrado bien a las claras que era una verdadera y meritoria obra de arte. Si alguien pagó por ella, no he podido saberlo, pero sí que sé que el cachondeo fue general y merecido. Expone, además, con la crudeza de unas risas, que decir que es arte lo que decimos que es arte (tal es la definición más comúnmente aceptada) tiene un punto idiota. ¡No me digan que no!

El debate es serio, no entraremos en él, aunque los ejemplos que ponen en evidencia que será mejor definirlo de otra manera son muchos. Unos estudiantes adolescentes echaron al Tíber una piedra toscamente labrada, la repescaron y celebérrimos críticos de arte sostuvieron durante más de un mes que era un busto de Modigliani (que, efectivamente, arrojó al Tíber, aunque nunca se ha dado con él). Un tipo se dejó unas gafas en una exposición del MOMA de San Francisco y la obra de arte (sic) causó una grandísima sensación... hasta que unos días más tarde apareció el propietario de las gafas. Etcétera.

Yo mismo, en una exposición en el Centro de Arte Santa Mónica pregunté si un extintor que colgaba de la pared era parte del sistema de seguridad contra incendios o parte de la exposición, porque fuera una cosa o la otra, me parecía cosa de mucho mérito. Mi interpretación del discurso expositivo provocó una airada y acre respuesta del comisario de la exposición y problemas tuve para poder seguir viéndola... pero ésa es otra historia y ya la contaré otro día.

Un consejo: si van a una muestra de arte contemporáneo, que no se les escape la risa.

Cubierta y contracubierta


Lectores, damas y caballeros, atentos seguidores de las aventuras de los filósofos a través de los siglos:

Tengo el placer de presentarles a todos ustedes la cubierta y la contracubierta del segundo volumen de la Historia torcida de la Filosofía, que publica Principal de los Libros.



Todo parece indicar que se publicará el 13 de septiembre de este año, si Dios quiere y las circunstancias no lo impiden.

Ojalá puedan disfrutar bien pronto de su lectura y les guste.

¡A imprenta!



Ayer dí el visto bueno a las últimas pruebas de impresión del segundo volumen de la Historia torcida de la Filosofía

Me dicen que la semana que viene, a lo más tardar, se pone el asunto en manos de los impresores, cuya misión será dejarnos a todos impresionados con el fruto de su trabajo. 

Cada día falta menos para la publicación y culminación de la Historia torcida de la Filosofía. Y créanme, es un libro muy divertido.

Tanto copia, copia tanto


¡Madre de Dios, qué vergüenza! 

Este domingo, se publica en el Diari de Girona la columna semanal de un tipo que cobra por escribirla. La columna dice:

El país dels valencians té moltíssims elements de complementarietat per sumar esforços amb Catalunya, i viceversa. Per fer política profitosa per als ciutadans, convé actualitzar i intensificar les relacions socials, econòmiques, culturals i de respecte polític en peu d´igualtat entre els dos territoris. He tornat a València per prendre el pols d´una societat dinàmica que va recuperant consciència de la seva identitat política i cultural després dels estralls causats pels governs del PP. 

El caballero columnista en cuestión es Jordi Xuclà, que no es un don nadie, pues preside lo que queda de la antigua CDC en el Congreso de los Diputados, en Madrid. 

El (presunto) autor del artículo del Diari de Girona.

Ese mismo día, el mismo último domingo, Marta Pascal, coordinadora general de lo que queda de la antigua CDC, publica un artículo de opinión en La Vanguardia que comienza diciendo:

El país dels valencians té moltíssims elements de complementarietat per sumar esforços amb Catalunya, i viceversa. Per fer política profitosa pels ciutadans, convé actualitzar i intensificar les relacions socials, econòmiques, culturals i de respecte polític en peu d’igualtat entre els dos territoris. Just abans de començar uns dies de descans he volgut tornar a València per prendre el pols d’una societat dinàmica que va recuperant consciència de la seva identitat política i cul­tural després dels estralls causats pels llargs anys de governs del Partit Popular. 

La (presunta) autora del artículo de La Vanguardia.

No se preocupen si no saben catalán, pues no importa demasiado a la hora de comparar ambos artículos, palabra por palabra, letra a letra. Por si les interesa, ambos textos son un ejercicio de egocentrismo con ínfulas que carece de vigor literario e interés práctico, pero es comparándolos entre sí donde se aprecia la magnitud de la tragedia.

Mejor que sigan leyendo.

Prosigue el artículo del señor Xuclà diciendo:

M´he retrobat amb els amics del Bloc, que avui sota la fórmula de Compromís i en el govern nascut del Pacte del Botànic duen a la pràctica polítiques de profit en aquella fase que en podríem dir «fer país». M´he trobat amb ciutadans de pensament polític de centre i liberalsocial i consciència valencianista que consideren que ha arribat el moment per madurar una oferta valencianista que vol continuar el camí de Francesc Burguera –amb qui vam treballar en el grup parlamentari a Madrid fa uns anys. 

El artículo de la señora Pascal, en cambio, dice:

M’he retrobat amb els amics del Bloc, que avui, sota la fórmula de Compromís, i en el govern nascut del Pacte del Botànic, duen a la pràctica polítiques de profit en aquella fase que en podríem dir “fer país”. També m’he trobat amb ciutadans de pensament polític de centre i liberalsocial i consciència valencianista que consideren que ha arribat el moment per madurar una oferta valencianista que vol continuar el camí de Francesc Burguera, amb qui tan estretament vam treballar en el grup parlamentari a Madrid fa uns anys. 

Lo dejo aquí y les dejo los enlaces a ambos textos, porque siguen lo mismo, lo mismo, hasta el final. Sólo espero que sus respectivos periódicos no los borren de su sitio web. Por favor, no los borren, que queden en la memoria y el recuerdo.

El del señor Xuclà en el Diari de Girona puede leerse aquí, y comienza donde dice Notes compartides (de hecho... muy compartidas):

El de la señora Pascal en La Vanguardia lo pueden leer aquí:

Sí, damas y caballeros, éste es el nivel. Ésta es la gente que nos manda y representa. Éstos, además, pretenden sacar de la chistera un país mucho mejor de como es ahora. Supongo que escribiendo, no, que será de otra manera. Dimitiendo, tampoco, porque dimitir, como dijo alguien muy acertadamente, es un nombre ruso que aquí carece de uso.

Retrato-robot del negro que escribió el artículo.

¿Quién escribió el texto original que copiaron ambos personajes? Porque aquí se aprecia la mano de un negro. ¿Quién coordina la política de comunicación de los antiguos convergentes? Sobre todo, ¿cuántas como ésta nos habrán colado? Ellos, y tantos otros. Pero ¿creen que esta vergonzosa copia pasará factura a los copiones? Lo dudo.

¿Cómo quieren que vaya el país, si quien manda no sabe escribir él solito? ¿Cómo quieren que vaya si eso, al público, no le importa? Ahí lo dejo.

¡Qué lectura tan divertida!


Hay detalles que te alegran el día.

Hoy recibo una nota de una persona que se está leyendo la Historia torcida de la Filosofía. Dice así:

¡Qué lectura tan divertida! ¡Ya está tardando la segunda parte!

Pues, sí, ya está tardando, pero no tardará mucho más. Según las últimas noticias, será en septiembre.

Mientras tanto, ¡a pasarlo bien!



Comer sano es bueno si eres rico


La fabada, parte de la dieta mediterránea.
Eso me han dicho.

De un tiempo a esta parte, se le dan muchas vueltas a la llamada dieta mediterránea. De entrada, uno se pregunta qué es la dieta mediterránea. Desde que un tipo proclamó, muy seriamente, que la fabada asturiana era, clara y evidentemente, parte de la dieta mediterránea, uno puede esperar cualquier cosa. 

¡Aquí hay tomate!

De hecho, qué es o qué no es una dieta mediterránea merecería varios volúmenes de discusiones y reflexiones. A modo de ejemplo, creo que nadie le negaría al tomate ser uno de los ingredientes estrella de la dieta mediterránea. ¡Pues poco tiene de mediterráneo! 

Es americano, de entrada. Luego está el asunto de su historia, que no lo tuvo fácil. Aunque los italianos ya decían que el tomate podía consumirse cocinado como las berenjenas hacia finales del siglo XVI, era tan raro, caro y amarillo entonces que se consideraba una manzana de oro, y de ahí su nombre en italiano, pomodoro. En el resto de Europa, especialmente en el norte, donde comen que dan pena, se consideró que el tomate era incluso tóxico y su consumo no comenzó a ser tolerado hasta finales, muy finales, del siglo XVIII. 

El tomate no fue verdaderamente popular hasta finales del siglo XIX y principios del siglo XX en algunas zonas del Mediterráneo, cuando nace la pizza margarita en Nápoles (cocinada por vez primera por el cocinero Raffaele Esposito de la pizzería Brandi, en honor a la reina Margarita de Saboya, en 1889) o el pan con tomate en Murcia, que luego se exportaría a Cataluña, en la década de 1920.

Para mí que la dieta mediterránea es lo que se metía Epicuro entre pecho y espalda, cultivando el huerto de su escuela filosófica, El Jardín. Hortalizas, hierbajos y, si la pillaban, alguna aceituna, algo de fruta y poco más. Por no hablar del vino, por el que sentían una especial afición. Sólo de vez en cuando, pero muy de vez en cuando, algo de carne o pescado. En cantidad, poca. De ahí a la fabada asturiana, pues, hay mucha historia, como pueden ver. Y lo del vino... Hoy sabemos que mejor no beber vino, ni una botella ni una copa ni .

Un buen plato de pasta no puede faltar en una dieta mediterránea.
Si no, no vale la pena vivir.

Cuento todo esto porque los dietistas e investigadores han estudiado una y otra vez las ventajas de una dieta mediterránea, entendiendo ésta como una dieta rica en cosas de color verde, un poco de aceite de oliva, muy poca carne, buena fruta y un modo de vida más alegre y tolerante que ése que gastan los del norte, vaya tropa. No entraré en el detalle, pero la gente que se dedica a esto seriamente (no hablo de vendedores de dietas para la operación bikini, sino de científicos) afirma que vivir bien y comer sano es bueno... pero mejor será si, además, tienes dinero.

Que la dieta mediterránea tiene algo, es evidente. A modo de ejemplo, The New England Journal of Medicine publicó el pasado 10 de abril un artículo titulado Primary Prevention of Cardiovascular Disease with a Mediterranean Diet, firmado por dieciocho investigadores de Predimed (Prevención con dieta mediterránea), que anunciaba la disminución de hasta un 30% de las cardiopatías entre las personas que seguían esta dieta; y en Annals of Internal Medicine, ya habían publicado Prevention of Diabetes With Mediterranean Diets donde decían que la dieta mediterránea iba tan bien que en algunos grupos de edad era capaz de reducir los casos de diabetes en un 40% entre personas con alto riesgo de cardiopatías. Poca broma.

Pero ahora sale el International Journal of Epidemiology y nos chafa la guitarra. Unos investigadores italianos, gracias a disponer de datos de una muestra de más de veinte mil personas que siguen esta dieta, publicaron High adherence to the Mediterranean diet is associated with cardiovascular protection in higher but not in lower socioeconomic groups: prospective findings from the Moli-sani study (que traduzco libremente como El seguimiento de una dieta mediterránea está asociado a la prevención de cardiopatías entre los ricos, pero no entre los pobres: Hallazgos en la prospectiva del estudio Moli-sani) y llegaron a la siguiente conclusión: la dieta mediterránea es muy buena para la salud si tienes dinero; si no tienes dinero, es buena, pero no tanto, ni mucho menos.

Para una vida saludable, mejor esta pasta que la otra, dice el estudio.

Por ejemplo, verifican una vez más la bondad de la dieta mediterránea. Pero descubren (¡horror!) que si ingresas menos de 40.000 €/año, la probabilidad de sufrir un infarto es una vez y media más alta que si ingresas más de 40.000 €/año. También existen diferencias en cuanto al peligro de un catapún según sea tu educación. Si has pasado por la universidad y tienes un título universitario en el bolsillo, o dos, o los que sea, tienes la mitad de probabilidades de llevarte un susto que otro que se haya quedado con el bachillerato, o la mitad y un cuarto menos de otro que apenas haya pasado por la escuela.

¿Por qué? A ver... Los firmantes de artículo dicen que la gente más formada está mejor informada y sabe cuidarse mejor; la gente más rica, además, puede comprar mejor comida, más sana y de mejor calidad, suele cuidarse más, tiene a quien le cuide y vive mejor, sin tantas preocupaciones, etcétera, etcétera. Los que tienen menos, viven que no llegan a final de mes y además tienen que comer aquello que pueden comprar, que no es tan sano, y acaban dándole a la bollería industrial y llenándose el buche con carnes procesadas llenas de grasas saturadas y esas cosas tan ricas (y tan malas) que comen. Que comemos.

Esto no es nada nuevo. Multitud de estudios médicos y sociológicos dicen que el nivel de renta es un factor determinante para la salud. En Barcelona, sin ir más lejos, más de diez años (¡más de diez!) separan a la esperanza de vida de Sarrià-Sant Gervasi, barrio rico, de la esperanza de vida de los barrios más pobres. La pobreza mata. La pobreza es, además de un problema moral, un problema sanitario.

Concluyo por mi cuenta y riesgo que este estudio demuestra que más culto eres, menos riesgo cardiovascular llevas encima. No sé si será verdad, pero me he recetado una buena lectura frecuente. Hagan lo mismo. Si tengo razón, vivirán mejor; si no la tengo, no habrán perdido nada y habrán ganado mucho.

Lean, lean.