¡Pinchazo! (Gran Premio de Inglaterra 2017)



Qué mala pata... Aunque quizá no sea todo culpa del azar, cuidado. No se descarta la mala suerte y la casualidad, pero algo falló también. En la última vuelta, que ya es decir, los dos Ferrari pincharon un neumático. El segundo Ferrari pudo subir al podio, pues quedó tercero, pero el primer Ferrari, el de Vettel, no tuvo otra que acabar séptimo. Así que ¡pam! ¡uno! y justo después ¡pam! ¡el otro! Los aficionados rossocorsistas nos llevamos las manos a la cabeza. 

Pirelli afirma que los automóviles de este año son asimétricos (sic) y que no es lo mismo un neumático trasero derecho que uno izquierdo, y que no pueden intercambiarse, como hasta ahora. Eso explicaría por qué cinco (¡cinco!) ruedas traseras izquierdas pincharon en Silverstone, y alguna delantera. Pero podrían haber avisado, ¿no?

Pero la carrera la ganó Hamilton, y muy bien ganada. En casa, que dicen, en Silverstone, un circuito que tiene una larga tradición, como la de Monza, Spa-Francorchamps o Mónaco. Aunque ¿saben que decían de Silverstone en los años cincuenta? Es un circuito que carece de emoción, pues parece todo dispuesto para que los conductores no puedan matarse cuando se salen de la pista, tal cual. Eran otros tiempos.


La clasificación de Mercedes-Benz suma más puntos y adelanta a Ferrari en el Campeonato de Constructores, 330 a 275 (y en el tercer puesto, Red Bull, a 174). En el Campeonato de Pilotos, Vettel, el primero de Ferrari, mantiene una ventaja de un solo punto, uno, respecto a Hamilton, de Mercedes-Benz. Emocionante, ¿no?

Ola de calor



Encontrado en las redes. 
Después de un ataque de risa, lo añado a mi cuaderno.

Lo que vota o no vota el pueblo


Leo demasiadas veces que la culpa de todo la tiene un Tribunal Constitucional que declaró no aplicables 14 artículos del Estatuto de Autonomía de Cataluña de 2006. Esa ley orgánica española había sido aprobada por tres de cada cuatro catalanes que fueron a votar en el referéndum, lo que da un 36% del censo electoral de aquel entonces. 

Solemos olvidar la rocambolesca historia de su génesis y sus mil detalles ridículos, con un episodio central bastante lamentable. En un rifirrafe parlamentario, el entonces presidente Maragall le dijo al entonces cabecilla de la oposición, el señor Mas, que ustedes (Convergència i Unió) tienen un problema, y ese problema se llama 3%. El señor Mas dijo que si no retiraba esas palabras, no seguía participando en la elaboración del Estatuto. Ahí tendría que haberse plantado el presidente, pero Maragall, vergonzosamente, se arrugó y retiró lo dicho. Meses más tarde Mas negoció en secreto (ejem) con Zapatero dar su apoyo al Estatuto a cambio de ser investido presidente en las siguientes elecciones (y echar a Maragall). El acuerdo sentó como una patada en el PSC, que se pasó el acuerdo por el forro, pero cambió Maragall por Montilla, repitió Tripartito, etcétera. Lo del 3% también ha dado mucho de qué hablar desde entonces.

Resulta casi un chiste que el 3% del texto del Estatuto fuera declarado inconstitucional. ¡El 3%...! En fin... Pero, seamos honestos, ¿alguien sabría decirme qué declararon inconstitucional exactamente? Sin consultar internet, no hagan trampa. Siempre hago esta pregunta y el silencio suele ser la respuesta. Cuando digo que, según el texto original del Estatuto, los catalanes no podríamos apelar al Tribunal Supremo ni pedir ayuda al Defensor del Pueblo (cuando el resto de los españoles sí que pueden), la gente no me cree, pero ahí está la sentencia. Búsquenla y léanla.

¡Vayamos al grano! Como esa ley orgánica había sido aprobada en referéndum y luego corregida por el Tribunal Constitucional (lo normal, lo que sucede y ha sucedido con tantas otras leyes aquí y en tantos otros países), el señor Puigdemont, en sede parlamentaria, a instancias de una pregunta de la oposición, dijo que él no tenía por qué cumplir con lo que dijera el Estatuto. No es el Estatuto que votó el pueblo, dijo, más exactamente, para justificarse. Unas palabras que no han tenido mucha repercusión en la prensa, aunque son una barbaridad, si nos paramos a pensar, porque ¿qué partido político hace lo que dijo que haría en período electoral? No conozco ni uno.

El Estatuto vigente y el anterior decían que Cataluña podía (y debía) tener su propia Ley Electoral, ley que tienen todas las demás Comunidades Autónomas. Pero aquí somos muy guapos y no la tenemos; vamos todavía con la de 1976. La cuestión es que esta ley necesita ser aprobada por una mayoría cualificada de dos tercios del Parlamento de Cataluña (90 diputados). Eso lo decían ambos Estatutos y esa parte del texto nunca lo tocó el Tribunal Constitucional. Es decir: el pueblo votó esta norma y no otra, dos veces, tanto que hablan de lo que el pueblo votó. 

La cuestión es que nunca, en más de treinta años y para nuestra vergüenza, han conseguido ponerse de acuerdo tantos diputados para aprobar la Ley Electoral. Ahora, mediante la Ley (Fantasma) de Transitoriedad de No Sé Qué, que nadie ha visto, el actual Gobierno de la Generalidad de Cataluña pretende saltarse tal mayoría cualificada y hacer un remedo de Ley Electoral sui generis con una mayoría simple, de la mitad más uno y andando, y (atención) sin debate previo, en lectura única, por sorpresa, con nocturnidad y alevosía. Así, por el morro, vamos, en cuestión de horas. En contra de lo que votó el pueblo, si nos ponemos puigdemontescos.

Puigdemont, el tercero por Gerona de la lista de candidatos de Junts pel Sí.

Pero, ahora que pienso... Al presidente Puigdemont tampoco lo escogió el pueblo. ¿Acaso era él el candidato de CiU y ERC? No. Ni por asomo. Si aplicamos la máxima que argumenta él mismo, que no tenemos por qué hacer caso de lo que el pueblo no votó... No diré más. Sólo diré que no pueden pedirse peras al olmo y que éste es el nivel. Llegados a este punto, mi angustia es creciente: ¿no queda nadie inteligente en política?

El Mundo del Entretenimiento de Piedra Dura


Yo no sé... La verdad, me desaniman. Corre por ahí desde hace ya tiempo la idea de montar en tierras de Tarragona un complejo de máquinas tragaperras que hará del lugar... No sé lo que hará. Si sé que tantos esfuerzos como ha hecho la Generalidad de Cataluña en promover el juego y la ludopatía en la zona los hubiera hecho en promover, pongamos por caso, viviendas sociales, investigación científica, escuelas públicas u hospitales, otro gallo cantaría. Pero ¡quiá! Sólo están por el dinero fácil y las banderas, y luego vendrán quejándose.

El complejo de vicio y perversión (inmobiliaria y de la otra) tenía que llamarse BCN World, por varias razones. La primera, porque la marca Barcelona supera con mucho otras marcas, por cuanto es mucho más conocida y valorada que la marca Cataluña, por ejemplo, y la marca Salou da una imagen que no es la que se buscaba; Barcelona vende y no se hable más. La segunda, porque es lógico que se llame BCN World si está en la provincia de Tarragona, como puede suponerse. Tercero, porque llamarla El Mundo de Barcelona (o El Món de Barcelona, en catalán) no mola tanto, y de eso comienzo a quejarme.

El Diari de Tarragona publica esta imagen de la amenaza hortera.

El proyecto nació con mal pie y después de muchas vicisitudes y ridículos, donde los convergentes y republicanos en el poder hicieron varias bajadas de pantalones que pasarán a la historia de la sodomía, se ha convertido en, agárrense, Hard Rock Entertainment World, porque pondrá los cuartos Hard Rock, un grupo empresarial multinacional del ramo de la hostelería, propiedad de los indios semínolas, y porque Entertainment World suena mejor que Casa de Juego (o de Citas). 

El conjunto arquitectónico-urbanístico promete elevar la categoría de lo hortera y lo kitsch a niveles jamás antes experimentados y miles de puestos de trabajo de baja cualificación servirán para que jóvenes sobradamente preparados puedan cobrar salarios de mierda, en vez de aprovechar las oportunidades de una inversión pública en investigación y desarrollo, pongamos por caso. Así que todos contentos... excepto los puñeteros, como yo, que se preguntan por qué c... narices, perdón, tiene que llamarse Hard Rock Entertainment World pudiendo llamarse Mundo del Entretenimiento de Piedra Dura, que suena mucho, pero mucho más divertido. ¡Qué manía la gente del márquetin con el inglés...!

Segundo volumen: galeradas y pruebas de impresión


El segundo volumen de la Historia torcida de la Filosofía está a punto de caramelo.

Como ya sabrán mis lectores, el primer volumen comenzaba en la antigua Grecia y acababa con la creación de la universidades europeas, en la segunda mitad de la Edad Media. Queda, pues, y de eso va el segundo volumen, la delirante historia de la filosofía desde entonces hasta ahora. Como no tengo abuela, lo diré yo mismo: si la primera parte era buena, ésta será mejor. Volviendo a leer lo escrito, escrito hace ya tiempo, no ahorré carcajadas.


El otro día me enviaron las galeradas, a las que presté una especial atención, como corresponde. Ahora queda la prueba de impresión. Mi visto bueno será el pistoletazo de salida de la impresión misma, que, si Dios quiere, los elementos acompañan y el azar permite, provocará que el libro nazca como tal a mitad de septiembre. Queda mucho para eso, o muy poco, según se mire, y con vacaciones en medio (que podrían aprovechar para leer el primer volumen, si no lo han leído). Así que ahí lo dejo. 

Con el nuevo curso, lectores míos, más filósofos. ¡Que sea leve!



Laralereliríiiii (Gran Premio de Austria 2017)



Ya saben que en el Tirol les da por vestirse con pantalones cortos y tirantes y cantar laralereliríiiii tan contentos, mientras trasiegan cerveza a destajo. Son costumbres locales que no pienso censurar, vistas nuestras propias costumbres locales. Pero por ahí también celebran un Grand Prix, con el patrocinio de Red Bull, en un circuito que también lleva su nombre. Este fin de semana se celebró el Gran Premio de Austria y Bottas, de Mercedes-Benz, volvió a ganar. Lo hizo muy bien, de la primera a la última vuelta. Tan bien lo hizo en la misma salida (salió limpio, el primero, sin pensárselo dos veces) que los comisarios creyeron que había salido antes de tiempo, pero no. Simplemente, salió el mejor de todos. Así, a la chita callando, va llenando su maleta de copas y laureles.

Detrás le perseguía el primer Ferrari, el de Vettel, que un poco más y lo atrapa... pero que no lo atrapó. Luego, otro que, calladito calladito, va haciendo, Ricciardo, que es de Red Bull. Aguantó el tipo perseguido por el Mercedes-Benz de Hamilton, que ya se había merendado al segundo Ferrari, pero que no pudo con el Red Bull. Así las cosas, en el Campeonato de Pilotos Vettel (Ferrari) le saca veinte puntos a Hamilton (Mercedes-Benz); en el de Constructores, en cambio, es Mercedes-Benz la que saca treinta y tres puntos a Ferrari. Son muchos puntos, pero no tantos como parecen. La cosa sigue emocionante y se acerca el Gran Premio de Italia.

¿A quién preguntan? ¿Quién cocina?


El mundo de las encuestas que llaman demoscópicas es todo un señor mundo. Visto desde fuera, parecen meteorólogos, que anuncian tempestades y no dan una; vistos desde cerca y con conocimiento de causa, los meteorólogos aciertan más de lo que se piensa, lo mismo que los demoscopistas, o como se llamen. El problema, como suele acontecer, son los medios (palabra polisémica). Si van cortos de dinero, con prisas y presionados por el pagano, salen márgenes de error que superan el 4% y apenas se apuntan las tendencias, porque un 4% en votos puede significar tener mayoría absoluta o irse a la oposición, así está el patio. Además, el pagano prefiere unos a otros resultados. Quizá esto explique lo que les voy a contar.

No es fácil evaluar los resultados de una encuesta.

Dos periódicos han explorado estos días pasados la intención de voto en España. Uno, El País; el otro, El Confidencial. Con una muestra estadística parecida, han llegado a resultados opuestos. Verán:

A El País le han podido las ganas y ha anunciado a bombo y platillo que desde que Pedro Sánchez se ha hecho con el PSOE, éste se hunde en las encuestas. En el gráfico que acompaña a la noticia, se dibuja una curva con una intención de voto socialista que en el último tramo se inclina ostentosamente hacia abajo. Cae. En El Confidencial, en cambio, el PSOE levanta el vuelo y sube. Sube. La curva de la intención de voto es en esencia idéntica a la de El País hasta que llegamos a la última encuesta. En El Confidencial apunta hacia arriba donde la anterior apuntaba hacia abajo. No se trata de un matiz, de una pequeña diferencia porcentual provocada por eso que llaman el cocinado (que tiene mucho más de arte que de ciencia). Se trata de un verdadero tú p'aquí y yo p'allá.

Mientras nos preguntamos cómo es posible que sucedan estas cosas más allá de un margen de error admisible, comparamos otras dos encuestas similares. Una es de La Vanguardia y otra, de nuevo, de El Confidencial. La de El Confidencial cuenta con una muestra más pequeña y un margen de error ligeramente superior. Sólo ligeramente superior, que conste. Ambas preguntan por la intención de voto en las próximas elecciones autonómicas catalanas (que podrían caer después del paripé del uno a cero). 

En esta última encuesta no hay problema con el ganador, ERC. Según La Vanguardia, se llevaría casi el 30% de los votos (no llega por poco) y unos 43 diputados. Según El Confidencial, un poco más (muy poco) del 30%. Dados los márgenes de error de ambas encuestas, esta pequeña diferencia es atribuible al ruido estadístico y las dos encuestas vienen a decir lo mismo. El problema viene cuando se valora a la antigua Convergència. 

Los antiguos convergentes (hoy pedetes o pedecatos) obtendrían, según La Vanguardia, casi el 15% de los votos y unos 23 diputados. Estarían prácticamente empatados con Ciudadanos, en segunda posición. Sin embargo, en El Confidencial cuecen otras habas. En esta segunda encuesta, los antiguos convergentes se hunden. No caen, no; se precipitan para abajo. Según El Confidencial, quedarían por detrás del PP y con alrededor de un 9% de los votos, lo que es (sería), se mire como se mire, un desastre. Si la previsión de La Vanguardia es mala (pasar de 62 a 23 diputados en cinco años) la de El Confidencial es horrible (pasaría de esos 62 a unos 10 u 11, más o menos). 

Me da, vistos estos resultados tan dispares, que los resultados de los estudios demoscópicos dependen de la muestra escogida... ¿al azar? En El País y La Vanguardia han empleado muestras de la más absoluta confianza; i.e., muestras que piensan como la dirección del periódico. En El Confidencial, se manipulan los titulares (¡todos manipulan los titulares!), pero la muestra parece otra. O eso es así o el cocinero echa en la sopa de los resultados de las encuestas las especias a gusto del cliente, que también pudiera ser. Ya saben: quien paga, manda.

Por supuesto (¡bien lo saben los demoscopistas!) todos mienten. De ahí la importancia del cocinero, siempre tan denostado, injustamente.

El uno a cero


Venga mi queja contra los que se encargan de eso de la comunicación y escriben los días con un número y la primera letra del mes, en mayúscula. Eso hace que nos llenemos de fechas históricas dichas en plan veinte ene, once ese, quince eme, veintisiete de... 

Si el siete jota es San Fermín, y canto uno e, dos efe, tres eme, cuatro a, cinco eme, seis jota y siete jota San Fermín, a Pamplona hemos de ir, etcétera, ya la tenemos liada. Porque fíjense que marzo y mayo son los dos eme, y junio y julio, jota. También podrían confundirse abril y agosto, y así tenemos a la mitad del calendario en zona confusa.

Nunca me ha gustado esta manera de señalar una fecha, cualquier fecha. Me resulta ridículo, incómodo, forzado, habiendo marzo, septiembre, diciembre... Pero, ay, en tiempos idiotas se cometen idioteces, y como decía un gran personaje, un tonto es quien comete tonterías.

Yo no leo el calendario, leo esto.

Una de estas abreviaturas me tiene entretenido, últimamente. Parece el resultado de un partido de fútbol. Hablo del uno a cero. Perdón, hablo del uno o. Pero yo, qué quieren que les diga, siempre que veo el uno o veo un uno a cero. Como tienen la manía de escribir los meses con mayúscula, como la o y el cero se parecen tanto... En fin, nunca aprenderán que mis dos lenguas son latinas, no anglosajonas, y que ninguna de las dos pone mayúscula en el mes. 

Hablaba del uno a cero, sí, perdonen. Parece ser que están cociendo algo para el uno a cero. Quieren convocar algo que no se sabe qué es, oficialmente, porque nadie ha firmado nada, nadie ha propuesto nada en un parlamento, nadie ha puesto negro sobre blanco, con toda clase de detalles su propuesta ni la ha sometido al escrutinio del resto de los agentes políticos del país, para que puedan argumentar a favor o en contra, proponer cambios o mejoras, criticarla, incluso rechazarla con razones. Quiero pensar, entonces, que el uno a cero será un acontecimiento deportivo, en el que alguien mete un gol y se da por ganador, justo cuando el partido no ha hecho más que comenzar.

Será Turquía la que esté ganando uno a cero. Porque aquí, como allá, operamos del mismo modo. Se pretende que las leyes se aprueben sin ser leídas, discutidas, expuestas o criticadas, arbitrariamente, a discreción de quien manda, por mayoría simple, digan lo que digan los demás agentes políticos, porque lo digo yo, amén. Algo muy erdoganiano. 

En la misma línea está la manipulación de los medios. La radiotelevisión pública da vergüenza ajena y se ha aprobado que los medios que no digan lo que el gobierno quiere que digan se quedarán sin subvención de ninguna clase. Tapan sus vergüenzas con la bandera y el ruido, pero no hacen nada para arreglar el destrozo que han sufrido los servicios sociales, la sanidad o la educación pública, las políticas de empleo, cultura, investigación... estos últimos cinco años que preceden al uno a cero, un acrónimo destinado a sostener a los mismos que han provocado el desastre justo donde están, donde puedan seguir haciendo daño y desastrándolo todo. Que no han parado de enriquecerse, mientras tanto, comisión y mano tendida mediante.

Ya sabemos a quién han metido el gol, quién lo acabará pagando.
Pierden los de siempre, y además, engañados.

Por el otro lado, hay motivos de risa en este empeño patrio del uno a cero. El episodio de las urnas, por ejemplo. Quizá acabe marcando el gol quien menos se le espera.