Un incidente en campaña

Un amigo mío dice que necesita visitar Londres de vez en cuando para sentirse abrazado por la civilización. Yo, en cambio, me conformo con un café, pero a veces comparto su parecer. Una muestra de ello es la entrevista improvisada entre el candidato tory (conservador), el señor Cameron, y el señor Bartley, un ciudadano de a pie con un problema muy serio a cuestas.

Estos últimos años, los laboristas han intentado que los niños con necesidades especiales (i.e., con deficiencias motrices, psíquicas o neurológicas) puedan recibir educación en escuelas normales. El problema de siempre: los centros especializados se han ido vaciando de niños, pero la cuestión es que las escuelas no han recibido más recursos para afrontar estas necesidades especiales. El señor Cameron, el candidato conservador, propone devolver a estos niños a las escuelas especialmente preparadas para ellos, para que puedan desarrollar al máximo sus facultades, visto el fracaso del programa laborista.

El señor Cameron visitaba un hospital, en plena campaña. El señor Bartley esperaba una visita médica con su hijo, que tiene la espina bífida y va en silla de ruedas. Un caballero del cortejo del señor Cameron preguntó al señor Bartley si quería charlar con el señor Cameron. Supongo que la imagen del candidato hablando con un padre con problemas delante del televisor era irresistible. Pero las cámaras de vídeo las carga el diablo. El señor Bartley dijo que sí, que quería hablar con el señor Cameron, y le largó cuatro frescas.

Pueden verlo en
Conste que el señor Cameron perdió a su hijo de seis años hace apenas un año; el asunto de las necesidades especiales no le resulta ajeno, en modo alguno. Por su parte, el señor Bartley ha luchado con uñas y dientes para que su hijo pueda ir a la escuela normal que tiene al lado de su casa, y ha luchado contra la discriminación y las reticencias de los profesores. El señor Cameron argumenta que su propuesta ampliará la capacidad de elección de los padres y mejorará la condición de los niños; el señor Bartley argumenta que puede convertirse fácilmente en un mecanismo de discriminación, y reclama más recursos para las escuelas. El señor Bartley plantea su propio caso, sostiene que saldrá perjudicado y defiende a los suyos con uñas y dientes. La prensa dice que el señor Bartley plantó cara al candidato y ganó.

Nadie descalificó a nadie; nadie puso en duda la bondad de nadie; sólo discutieron. La situación se tornó incómoda para ambos, y se nota, pero se utilizaron argumentos y se procuró argumentar la propia posición de un modo razonable. El candidato lo dejó todo para sentarse cara a cara con quien le estaba cantando las cuarenta; el ciudadano pudo cantarle las cuarenta al candidato delante de todas las cámaras de televisión. Nadie resultó herido. Luego se supo que el señor Bartley había trabajado en su día para el señor Major (primer ministro conservador), pero que todavía no había decidido su voto. No era una trampa para candidatos ilusos, sino un ciudadano discutiendo con un diputado, simplemente.

Ahora imagínense la situación en esta patria nuestra. Imagínense a un ciudadano de izquierdas interpelando a un candidato de derechas, o viceversa. Imaginen los programas de telemierda después, dándole a la querencia morbosa de los televidentes. Sólo imagínenselo. No diré más.

2 comentarios:

  1. Mi querido Luis,

    Por alusiones, debo decir que esta anécdota no hace más que reafirmar mi convicción sobre la superioridad del sistema - mental e institucional - anglosajón frente al desorden latino, tan divertido como poco eficiente.

    Sea como fuere, siempre me quedará Londres.

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  2. Respondiendo a las alusiones del aludido, que ahora alude a quien le aludía, quizá podría añadir que la cuestión no es tanto el orden o el desorden mediterráneo (efectivamente, más divertido), sino la educación. La cortesía, el saber leer y escuchar, razonar, pensar por uno mismo, aprender, reconocer que el otro podría tener razón, discutir con argumentos... ¿se enseña en la escuela? ¿Se practica en el Parlamento? ¿En la calle, quizá? No. Creo que no. Temo que no. Se procura que no, y así nos va.

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