Vidas minusculas


Vidas minúsculas, de Pierre Michon, editado por Anagrama y traducido por Flora Botton-Burlá, es una gran obra, con todas las letras. La contraportada y los críticos se deshacen en elogios. Dicen de Vidas minúsculas que ya es un clásico, uno de esos libros que se señalan con respeto y admiración en las historias de la literatura; también dicen de la obra de Michon que escapa del convencionalismo de los géneros literarios, que es, en sí misma, un nuevo género. Luego resumen el argumento, o de qué va el libro, con torpeza: Michon describe, narra, quizá inventa, la vida de ocho personajes que, de una manera u otra, han dejado una huella en su propia vida. Eso es tanto como no decir nada. Es más, mucho más que eso.

La escritura es desconcertante al principio, porque se aleja de los convencionalismos. Es concisa, precisa, no deja una coma al azar, es bellísima; también, densa y al tiempo, sencilla. La lectura de Vidas minúsculas no fluye de manera natural, despreocupada. Vidas minúsculas exige un lector puesto a serlo, reclama esfuerzo y concentración. No es, por lo tanto, ni quiere ser una lectura fácil, pero ¿qué es fácil? Fácil es una tontería: sostengo que Vidas minúsculas está al alcance de todo el mundo... que quiera leerla. Pónganse a ello, no más. Déjense llevar. Porque el trabajo del lector no tendrá nada que ver con los cultismos, sino con Michon, un autor que escribe con, no para, los lectores. La digestión es lenta, pero el plato, exquisito.

Unos dirán que es un libro triste, pero la belleza se te echa encima así saltas una coma o te dejas llevar por una preposición. Es una belleza elemental, tan simple que parece obvia, tan obvia que no tiene más remedio que hacer acto de presencia. Salta, se te hecha encima, al cuello. Te abruma, te desconcierta. Luego tienes que preguntarte dónde habías dejado de leer, asaltado por aquella imagen. La belleza que Michon nos echa en cara aparece entre analfabetos, locos o borrachos; en algunas escenas eróticas, pero también en la mísera cabaña de un campesino, en medio del bosque, en el frío invierno de una gran ciudad, en la maceta que decora descuidadamente la ventana de un apartamento. Michon tropieza con ella, con la belleza, porque está allí donde está él, y la recoge y la muestra, mientras narra su propia miseria moral, que no es poca.

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