Reseña en el sitio de ACEC



Queridos lectores míos:

Aquí tenéis, en el sitio web de ACEC, la reseña que se publicó en el diario Avui, que versaba sobre mi Historia torcida de la Filosofía, traducida al castellano por su autor. 

Está en:

Escritor colegiado


Queridos lectores míos:

Mirad qué tarjeta tan chula me acaba de llegar a casa. Parece que, a todos los efectos, soy un escritor colegiado y, como me acaba de decir un amigo mío, al final te lo vas a creer.


Pues, sí, ahora soy socio de la Asociación Colegial de Escritores de Cataluña. Qué ilusión.

Firmas en Sant Jordi


Confirmado:

El día de Sant Jordi, 23 de abril, seré expuesto al público y firmaré ejemplares de la Historia torcida de la Filosofía en el puesto de Principal de los Libros, el sello editor. 

Será a la altura de Rambla de Catalunya, 69, entre las calles Aragón y Valencia. 

Horario, de 11 a 12 h. 

Se ruega no echarle cacahuetes al autor, ni que los pida.

Filosofía, reflexión, esgrima y humor


Aquí tienen, queridos lectores, la reseña firmada por Francesc Cornadó en El Punt - Avui sobre la Historia torcida de la Filosofía

Es:


El artículo está escrito en catalán, pero, a grandes rasgos, me deja la mar de bien, por lo que estoy más que contento y muy agradecido. Ahí lo dejo, para quien tenga interés en ello.

No pudo ser, pero casi (Gran Premio de China 2018)



Este fin de semana, Ferrari ha mostrado sus garras y en los entrenamientos obtenido los dos mejores tiempos. Si ha sido un espejismo o si ahora vamos en serio ya se verá, pero, por el momento, la cosa pintaba muy bien. Mercedes-Benz parecía desfallecida, lo que ha sido una novedad. Entre los demás equipos, también se afilaban los cuchillos, porque la competencia entre ellos está en su punto álgido.

En carrera las cosas se torcieron un poco para los dos primeros equipos. Fue, reconozcámoslo, una mezcla de mala suerte y errores de estrategia. Si en el desierto Ferrari arriesgó y ganó, en China el que ha arriesgado y ha aprovechado mejor que nadie la oportunidad de un safety car ha sido Red Bull. Ricciardo entró corriendo a cambiar neumáticos y a partir de ahí ha adelantado a todos, hasta llevarse la carrera. Ferrari lo hizo tarde. Peor todavía: el primer Ferrari (Vettel) fue alcanzado por detrás por el otro Red Bull y perdió varias posiciones. El coche, tocado, no pudo dar lo mejor de sí y terminó octavo. El segundo Ferrari (Raikkonen) terminó tercero, detrás del segundo Mercedes-Benz y el primer Red Bull. 

Como el primer Mercedes-Benz (Hamilton) sólo pudo quedar cuarto, Red Bull (1.º y 5.º) y Mercedes-Benz (2.º y 4.º) han batido a Ferrari (3.º y 8.º). En el Campeonato de Pilotos sigue por delante Vettel, pero en el de Constructores Mercedes-Benz supera ahora por un punto a Ferrari. Sea como sea, ha sido una carrera emocionante. 

Cada 14 de abril


Olé, que hoy celebramos la proclamación de la II República Española. 


Tengo a bien recordar que uno de mis tíos invitaba a champán a todos los mecánicos del taller en el que trabajaba tal día como hoy, aquí, en Barcelona, y el muy sinvergüenza (dicho con mucho cariño) esperaba a que pasara la pareja de la Guardia Civil para invitarlos a una copa. 

No se moleste, le decían, que estamos de servicio. Mi tío insistía: Sólo una copita. Los picoletos cedían, al fin, y se sumaban a la fiesta. Acababan todos hablando de su pueblo, que solía estar en la otra punta de España, un lugarejo pobre, del que habían huido para escapar de sus miserias, que aún así añoraban. Corrían los años cincuenta y asomaban en Barcelona gentes en busca de pan y trabajo, que a duras penas obtenían. 

¿Qué celebran?, preguntaban los guardias, una copa después. ¡La República!, respondía mi tío. ¡Qué bromista que es usted! Y así quedaban, tan amigos. Los picoletos proseguían con su ronda, después de una breve pausa. Un día te van a dar, susurraba entonces un mecánico. Y mi tío reía.

Mi viaje a Italia en Pentecostés de 1912



Los libros sobre el viaje a Italia de sus autores son, en sí mismos, un género literario al que se han apuntado grandes, incluso grandísimos autores. Stendahl es un caso arquetípico, pero también Goethe, y a partir de aquí la lista es un no acabar. Estos días he leído Mi viaje a Italia en Pentecostés de 1912 (podríamos llamarlo Mi viaje a Italia tranquilamente) de Walter Benjamin, el filósofo, que tenía una sensibilidad especial y un buen oficio de escritura. Es un librito curioso, uno de esos caprichos que algunos lectores apreciamos tanto, que publica Abada Editores, traducido por Alfredo Brotons.

El viaje de Walter Benjamin nos remite a otros tiempos y a un grupo de jóvenes que salen a ver mundo y prueban con el norte de Italia. Viven aventuras impresionantes, como estar a punto de perder el tren o dormir en una mala habitación de hotel, subir por un camino de montaña demasiado empinado o perderse buscando dónde exponen La Santa Cena de Leonardo da Vinci. Lo de cualquier turista, vamos, sólo que el turista es Walter Benjamin y su relato nos invita a añorar un tiempo y un lugar que consideramos idílico porque no lo vivimos, sino que lo imaginamos a través de las grandes plumas.

Unos comentarios sobre La cena de Emaús


Adjunto a continuación un enlace al (magnífico) blog Investigart, donde habla de un cuadro de Caravaggio, La cena de Emaús. Sus comentarios y anotaciones son muy interesantes y han de ser tenidas en consideración por alguien interesado. 

He aquí la savonarola de Caravaggio, parte del atrezzo de algunas de sus mejores obras.

Añadiría, por cuenta propia, que los barbudos discípulos a lado y lado del Cristo resucitado son viejos conocidos de los cuadros de Caravaggio, lo mismo que la silla, una savonarola. Ésta era parte del mobiliario del estudio del pintor. Aparece en un listado de bienes del artista que le hicieron una vez que no quiso pagar el alquiler y llevaba con ella ya varios años.

La savonarola, por cierto, es una silla de origen florentino y seguramente coincidió con ella en el palacio Madama, la residencia del cardenal del Monte, que representaba en Roma los intereses del Gran Duque de la Toscana, un Medici. Recordemos que Caravaggio pintó para el Gran Duque una cabeza de Medusa y alguna cosita más, por encargo del cardenal, su mecenas. Cuando abandonó el palacio, se llevó la silla consigo (¿con permiso del cardenal?).

Esa misma savonarola de La cena de Emaús aparece, por cierto, en el primer San Mateo y el ángel (seguramente destruido en mayo de 1945) y en La conversión de San Mateo, que sigue en la capilla Contarelli de San Luis de los Franceses, en Roma.

El enlace es éste (y vale la pena):

Una palabra rusa y un verbo romano


Hola, queridos lectores:

¡Otro artículo en Metrópoli Abierta! Esta vez será Una palabra rusa y un verbo romano, sobre la diferencia entre dimitir y cesar, dos verbos que no se practican demasiado en los tiempos que corren... ¡y así nos va!

Ahí lo dejo.

Preparando el día de Sant Jordi


Atención, queridos lectores:

Mis editores, los de Principal de los Libros, me han pedido que me pase por su puesto de libros el día de Sant Jordi (23 de abril), para firmar ejemplares de mi Historia torcida de la Filosofía, ya sea del volumen I como del volumen II.


Desconozco los detalles, que me serán revelados en breve (supongo). Tan pronto sepa algo más concreto y firme, anunciaré  bombo y platillo la hora y el lugar, pero ¡están ustedes avisados!

Nota: Como en las anteriores apariciones en público, estará prohibido echarle cacahuetes al autor.

Entre camellos (Gran Premio de Bahréin 2018)



La de ayer fue una carrera emocionante, marcada por la estrategia. Ferrari había conseguido las dos primeras posiciones en la parrilla de salida y Mercedes-Benz le iba detrás. Los Ferrari (¡caramba!) corrían más y Mercedes-Benz optó por la estrategia del cambio de neumáticos para pasarles por delante. Engañó a Ferrari y Vettel cambió sus neumáticos antes de tiempo. Confiaban en pillarlo, ya fuera por el desgaste de las gomas en pista, ya fuera porque, al final, tendría que cambiarlas de nuevo. Pero... Pero el Ferrari de Vettel aguantó el tipo en pista ¡y no entró a cambiar neumáticos!

La apuesta fue muy fuerte, por ambas partes. A punto estuvo el Ferrari de ceder la primera posición, con unas ruedas desgastadísimas; a punto estuvieron de adelantarlo en pista los de Mercedes-Benz. Pero no pudo ser y la trampa estratégica de Mercedes-Benz, muy bien pensada, no acabó de funcionar. Por muy poquito.

El segundo Ferrari tuvo peor suerte. En verdad, quien tuvo mala suerte fue Francesco, uno de los mecánicos. Raikkonen (que hizo unos entrenamientos estupendos y estaba haciendo muy buena carrera) entró a cambiar los neumáticos y algo salió mal. Al salir a pista, atropelló a Francesco, uno de los mecánicos, rompiéndole la pierna; la rueda de Francesco había quedado sin cambiar (hubo problemas con el tornillo) y entre una cosa y la otra Raikkonen tuvo que abandonar.

Así las cosas, Ferrari ocupa la primera posición en el Campeonato de Pilotos y en el de Constructores, pero ¡queda tanto por delante...!

La selección negativa



En un reciente artículo, el periodista Guillem Martínez se refería a los políticos que nos han tocado en suerte tanto en Cataluña como en el conjunto de España y empleaba la expresión selección negativa. Viene a decir, más o menos, que la selección natural de los gobernantes no permite sobrevivir al mejor, sino al más inepto, al más nefasto, al más fanático, al más servil, al más cínico, al personaje con menos escrúpulos, al más mentiroso... o a aquél que reúna en sí todas estas características, en diversa proporción y bien mezcladas. Si se da un proceso de selección negativa, lo mejor de cada casa asume el mando, y así nos va.

Los procesos de selección negativa se dan en la empresa como se dan en la política, y no faltan ejemplos. En la empresa pública, más todavía, especialmente cuando la política que nos gobierna entra en una espiral semejante. Hoy, me remito a la apabullante evidencia, vivimos en una espiral alocada e imparable de selección negativa en el mundo de la política catalana y española; quienes ayer eran lerdos, torpes y bastante inútiles hoy nos parecen grandes estadistas, y no porque el tiempo pasado nos ofrezca una nueva perspectiva de los acontecimientos, sino porque el presente nos golpea en la cara con personajes que superan, con creces, la tontería, torpeza e inutilidad de sus antecesores. ¡Qué locura!

El autor de La sociedad abierta y sus enemigos.

La selección negativa no es ninguna novedad. Popper, en La sociedad abierta y sus enemigos, después de descartar cualquier otro sistema político y optar por la democracia liberal, ya nos advertía de sus peligros. El principal de ellos, y no es baladí, es que no gobernarán los mejores, sino personajes mediocres. Una mediocridad que ha de entenderse como normalidad; es decir, personajes que no son ni demasiado buenos ni demasiado malos, sino del montón. Es verdad que podemos tener puntería y escoger a un buen gobernante, pero también que nos salga malo. 

Es por eso que una democracia liberal cuenta con poderes separados y leyes que, al menos en teoría, limitan el daño que pueda hacer un tonto al mando de la nave. En última instancia, afirma Popper, la democracia, el voto, no servirá para escoger a un gobernante bueno, sino para echar a uno malo sin tener que recurrir a la violencia. Más o menos dice esto, pero queda claro el peligro: a la que la sociedad se torna menos abierta, más fácil es que buscando el Gobierno de los Mejores entren a formar parte de él personajes fruto de una selección negativa. Sin embargo, si se cumplen las reglas del juego y todo el mundo hace lo que hay que hacer, la selección negativa no lo tendrá fácil.

El remedio está en el pueblo, palabro que queda feo según cómo se use. En los ciudadanos, mejor. Porque son ellos los que han de decir ¡basta! al mal gobierno. Pero ya hemos visto y seguimos viendo que, en Cataluña, y también en el resto de España, el discurso público deriva con enorme facilidad hacia el despropósito, el fanatismo y el desprecio por las reglas del juego o la simple pérdida del sentido del ridículo y la vergüenza. Lo vivido estos últimos años es fácilmente calificable de esperpento y locura colectiva y nos da mucho en qué pensar, porque a uno le asalta la idea de la virtù maquiavélica hecha cisco.

El autor de los Comentarios a la primera década de Tito Livio.

Sí, Maquiavelo hablaba de la virtù del pueblo. No es exactamente virtud, sino algo más que eso, pero se resumía en un pueblo vigilante y comprometido con la república, capaz de asumir responsabilidades y defender sus derechos. También nos advirtió de la corrupción de un pueblo. Ésa, la corrupción, venía tanto de una mortal diferencia entre ricos y pobres, que reventaba cualquier oportunidad de igualdad de derechos y deberes, como de una corrupción moral, que provocaba una dejación de los deberes, un olvido de la responsabilidad, una distancia con el Estado (república), pero, sobre todo, un desprecio por las reglas del juego en el gobierno de todos, que eran la puerta de entrada de fanatismos, divisiones... Esa corrupción maquiavélica es, ni más ni menos, que una espiral de selección negativa.

Por lo tanto, ya ven, el problema viene de lejos y se da con relativa frecuencia. ¿Cómo se supera? Malas noticias: a veces no se supera y se va todo al carajo. Buenas noticias: también puede superarse. La clave está en la gente. Si el PP hace lo que hace y le votan... Si los catalanes, en vez de preguntar por las listas de espera en los hospitales o los recortes sociales que llevamos sufriendo desde hace ocho años, seguimos pensando en los colores de un trapo llamado bandera... Si dejamos que unos y otros nos arrastren hacia posiciones cerradas, fanáticas, basadas en la fe y no en la razón... En fin, qué les voy a contar. Si nos plantamos y pedimos que se ocupen del gobierno o si nos dejamos arrastrar por la locura es la clave.

Sartre ya nos recordó que la libertad es muy jodida, duele, implica un sacrificio constante, y que por eso es tan fácil dejar que los demás piensen por ti. Y, claro, luego pasa lo que pasa.

Finalmente, no he podido resistir la tentación de citar a Nietzsche.

El apicultor de Bonaparte



José Luis de Juan escribió por primera vez El apicultor de Bonaparte en 1996 y su obra obtuvo el premio Juan March. La ha vuelto a publicar en 2017, cuidadosamente revisada y revisitada por el autor, y esta reedición la ha publicado la editorial Minúscula. Es una pequeña obra de arte (y digo pequeña porque es una novela breve, de ciento y pico páginas). Podríamos decir que es un pequeño mecanismo de relojería, preciso, perfecto, que gira alrededor de símbolos y matices, finísimo. La obra contiene ficción histórica y (voy a llamarla así) mítica, deliciosamente combinada. Genera escenas sutilmente surrealistas y otras simplemente bellas. He de añadir que el trato que se le da a Bonaparte es magnífico, desde un punto de vista literario.

El protagonista es un apicultor de la isla de Elba que oculta cuidadosamente a sus vecinos sus lecturas ilustradas (Rousseau, Diderot, etc.) y que un día descubre una relación entre su admirado Napoleón y las costumbres de las abejas. Napoleón, el segundo protagonista, sabe del apicultor por una misiva que recibió hace años y que le impresionó sobremanera, y no diré por qué. A partir de aquí, se va tejiendo un encuentro entre el Napoleón exiliado y el apicultor de Elba del que no diré nada más, excepto que es fenomenal.

La obra es una pequeña maravilla, no puedo decir más. 

Abejas bordadas en un manto imperial de Bonaparte.
Las abejas eran uno de los símbolos del Primer Imperio.

Mencionaré, a título anecdótico, que el autor comete dos anacronismos en la obra. En 1814 no había vapores entre Elba y la península italiana y el aluminio era un metal tan caro como rarísimo, por lo que una rejilla de aluminio para un traje de apicultor... Pero, ¿qué más da? Sólo un tipo tan raro y picajoso como yo se fija en estas cosas, y es por defecto de fábrica. Defecto que El apicultor de Bonaparte no tiene, ni de fábrica ni de nada. Es una obra redonda, se mire como se mire. Y ya está.

El elefante danzante


El elefante danzante.

Bugatti es una leyenda en el mundo del automóvil. Hasta tal punto que la jerga popular y la RAE aceptan buga, que viene de Bugatti, como coche (automóvil). Desde el punto de vista de un ingeniero, muchos de sus automóviles fueron excepcionales y son suyas innovaciones como las llantas de aluminio de tornillo central en competición, lo que no es poco. Y ya que hablamos de competición, su Tipo 35 fue bautizado como el automóvil de las mil victorias. Cierto que no obtuvo tantas, pero la hipérbole queda de narices. 

Un Bugatti Tipo 57.

Sin embargo, Bugatti debe su fama al lujo y a muy especialmente a la belleza de sus automóviles. Son máquinas excepcionalmente bellas, por dentro y por fuera. Personalmente, cuando veo los Bugatti que fabrican ahora, casi me siento ofendido. Sí, son máquinas superlativas, pero ¡qué lejos quedan de esa contundente armonía de los Bugatti originales! ¡Ni punto de comparación! Los de ahora sólo cuestan dinero, es su único mérito. Los Bugatti de Ettore no tienen precio, son obras de arte.

La belleza de los automóviles Bugatti (los de verdad, los de entonces) se debe, sin duda, a la personalidad de la familia Bugatti. El abuelo, Giovanni Luigi, había sido arquitecto y escultor; su padre, Carlo, era un famoso diseñador de joyas, objetos diversos, cerámicas y tejidos, en estilo Art Noveau. Su primo, Giovanni Segantini, era un brillante pintor. Frecuentaban la casa compositores como Puccini o Leoncavallo y el escultor Ercole Rosa. 

Rembrandt Bugatti, el escultor.
Observen el hoyuelo en la barbilla, tan típico de los Bugatti.

Ettore, el que acabó como ingeniero, comenzó estudiando Bellas Artes. En cambio, su hermano, Rembrandt, que había comenzado a estudiar ingeniería acabó ganándose la vida como escultor. ¿Rembrandt, he dicho? Sí, Rembrandt. Este nombrecito se lo puso su padrino, ese escultor que hemos dicho, Rosa, y la familia no puso peros a la elección. Fue un nombre profético, aunque Rembrandt no sería a la postre pintor, sino escultor.

Rembrandt, en el Zoo de Amberes, con uno de sus elefantes.

El Bugatti Royale que conducía Jean, antes de pasar por el chapista.

Los aficionados al motor conocen a Ettore (una leyenda en sí mismo) y quizá a Jean (en verdad, Giovanni), el hijo de Ettore, que se mató al volante de un prototipo del Tipo 57 y al que debemos el espachurramieno de uno de los Bugatti Royale, que fue más tarde reconstruido y que hace confundir las cuentas sobre el número fabricado de automóviles Tipo 41. Suelen saber de un hermano escultor por el elefantito (del que ahora hablaré), pero saben muy poco de él, apenas de oídas.



Algunas de las esculturas en bronce de Rembrandt Bugatti.

Rembrandt Bugatti fue un gran escultor, aunque relativamente desconocido para el gran público. Se inició influenciado por  Paolo Troubetzkoy (italiano, de origen ruso) y por su padrino, Ettore Rosa, cómo no. En 1902, se mudó a París con la familia. Con 18 años, entró a trabajar en el taller y fundición de Adrian Aurelien Hébrard, un famoso escultor y galerista parisino y ahí descubrieron al artista. Ese niño que jugaba modelando con arcilla en casa de su padrino se reveló como un gran escultor, uno de primera. También, como un amante de la naturaleza.



Elefantes y panteras de Rembrandt Bugatti.

Sus esculturas y figuritas en bronce, sus modelos en arcilla o escayola, incluso mármoles, incluyen preciosas figuras humanas: bellas mujeres, típicas y tópicas efigies del Art Noveau, pero también algún Cristo y figuras de hombres musculosos, verdaderos titanes. Pero lo que de verdad le gusta esculpir, y lo que le acarreará la fama, son animales. Se convierte en un asiduo del Zoo de París, de su Jardín Botánico, visitará con asiduidad el Zoo de Amberes (después de mudarse ahí en 1907), y tomará como modelo a toda clase de animales. Sus panteras son su tarjeta de presentación, pero sus elefantes son notables.

En 1904, a sus veinte años, esculpe un Elefante danzante, un bronce de un elefante alzándose sobre dos patas y elevando la trompa.

En 1911, Hébrard organiza una exposición de sus esculturas en París, que resulta en la culminación de su fama como artista. Dijeron de él que sabe tanto de los animales como el mismísimo Noé. Se exponen cien esculturas que son recibidas con admiración y bonísimas críticas. (Hoy en día, siguen admirándose y se han convertido en piezas muy cotizadas por museos y coleccionistas.) Pero hay nubes de guerra en el horizonte y la Gran Guerra estalla en 1914.

Rembrandt Bugatti relacionándose con una modelo.

La familia, en parte instalada en Alsacia (entonces alemana) tiene que emigrar a París. Ettore diseñará motores para los franceses, pero Rembrandt se alista como sanitario en la Cruz Roja de Amberes. Verá y vivirá cosas atroces, los desastres de la guerra, y caerá él mismo víctima de la tuberculosis. Deprimido y muy castigado por la experiencia vivida, regresa a París. El mercado del arte se ha arruinado. Las autoridades, en medio del clima de restricciones, han sacrificado a muchas de las bestias del Zoo. Rembrandt, angustiado, cae en una profunda desazón y desesperado de la vida, abre las espitas de gas de su estudio en Montparnasse y así se quita la vida, asfixiándose.

Un Tipo 41 carrozado como limusina.

En 1927, Ettore Bugatti construye el primer Tipo 41, el automóvil que elevará la leyenda de su marca hasta el Olimpo, el que pronto sería conocido como Bugatti Royale (La Royale, según algunos). Un automóvil enorme, con un motor de casi trece litros y una batalla de 4,3 metros, que Ettore bautizó como crucero de carretera; dos toneladas y media de la más sofisticada mecánica, del lujo más desmedido, pero también de una belleza apabullante. Era su gran obra, un automóvil reservado para muy pocos, que eran examinados personalmente por Ettore, para ver si eran dignos de conducirlo o poseerlo. ¡Cuántas ofertas millonarias rechazó por no considerar dignos a los paganos!


En homenaje a su hermano Rembrandt, al que estimaban todos en la familia, Ettore reprodujo su Elefante danzante en la tapa del radiador. El elefante de Bugatti, como le conocen los aficionados al motor, que quizá no hayan prestado la suficiente importancia al genio artístico del Bugatti escultor.

Un relato de país


Hoy se ha publicado otro de mis artículos en Metrópoli Abierta. Éste se titula Un relato de país, y va sobre dos expresiones muy utilizadas que me ponen de los nervios: de país es una y un determinado uso de relato es otra. Ahí les dejo el caso y ojalá les guste.