Paris-Austerlitz



Rafael Chirbes dio por acabada París-Austerlitz en mayo de 2015. Llevaba trabajando este texto desde octubre de 1996, de forma a un tiempo intermitente y obsesiva, sin decidirse a proseguir, sin atreverse a poner el punto final. Cuando lo hizo, sabía que estaba irremisiblemente enfermo y murió, finalmente, en agosto de ese mismo año.

Es un libro impresionante, como impresionante es la prosa de su autor, considerado por muchos uno de los mejores escritores de la segunda mitad del siglo XX y principios del XXI. Su palmarés (dos veces Premio de la Crítica, un premio Nacional de Narrativa, un Mejor novela del año...) es más que notable y parece corroborarlo. Y entonces voy yo, que nunca antes había leído nada de Chirbes, aunque había oído hablar de él. (En mi descargo, aunque no valga como excusa, ¡son tantas las cosas que todavía no he leído...!)

He quedado maravillado con París-Austerlitz. ¡Qué bien escrito está! Es una novela dura, por lo que cuenta. Narra la historia de amor (homosexual, pero qué importa) entre un joven de buena familia y un obrero del metal. El joven es pintor de vocación y deja atrás una familia a la antigua usanza, opresiva, y se refugia en París, donde será acogido por Michel, vivirá, se emborrachará, follará con él, conocerá el amor... y el desamor. El sida por un lado, la diferencia de clase, edad y cultura, un ambiente sórdido en ocasiones, descarnado y cruel, pero también, entre tanto, tierno y obsesivo, trazarán una historia descrita con la palabra justa, afilada como un bisturí, que deja huella en la carne. Escribir así no es fácil, no, desde luego que no.

El amor es el tema central de la obra, y no esperen una historia romántica al uso, porque el amor también tiene un lado oscuro, y ahí es donde Chirves mete el dedo en la llaga. Los críticos hablan de una obra en parte autobiográfica (incluso inacabada, no sé yo), pero qué me importa a mí que sea autobiográfica o no. Eso no le quita ni le pone méritos. Lo que es meritorio es describir con ese detalle, esa sensibilidad y esa crudeza la naturaleza humana, o una parte de ella que normalmente corre escondida entre las sombras.

En resumen, un texto breve (ronda las 150 páginas), pero magnífico. Altamente recomendable para los amantes de la literatura.

Estupidez


Hace tiempo, un amigo me dijo que un empleado público jamás tendría que votar a favor del gobierno. Los únicos motivos que podrían empujarle a hacer algo así serían la estupidez o el interés personal en mantener una situación de privilegio poco o nada relacionada con su validez profesional (ser un enchufado, para entendernos). Además, ¿dónde se ha visto que los empleados públicos apoyen a un gobierno que no ha hecho más que joderlos del derecho y del revés? He de añadir que señalaba a un partido en concreto. Yo también. 

Digo esto porque he visto a mis antiguos compañeros de oficina haciendo una performance por carnaval consistente en decorar un espacio público (la reja de la puerta de mi antigua oficina) con lacitos amarillos. Para mantener el anonimato, iban todos enmascarados (disfrazados de Puchi). Pero eran reconocibles, no nos engañemos. Lamento que conviertan un espacio público de todos en el espacio público de sólo unos cuantos; lamento el numerito (visto desde fuera, tiene cierto aire ridículo); pero lamento más que se manifiesten a favor de quienes les han hecho (y me han hecho) tanto daño.

A ver... Los que han gobernado desde 2010 les han recortado el sueldo, les han quitado días de vacaciones, han menospreciado a los sindicatos (que tampoco han hecho gran cosa, añado). Esos jefes a los que ahora defienden echaron a la calle a una tercera parte de sus compañeros de oficina. Entre ellos, yo. Los han maltratado de palabra y obra, bien lo saben, y no una vez, sino muchas. Han dado sobradas muestras de no saber gestionar un ente público y han perdido el tiempo en tonterías que no redundan a favor de los ciudadanos, y también lo saben, porque lo han visto y padecido ellos mismos. 

Más. Han contratado a dedo a empresas y asesores porque eran amigos, o amigos de los amigos, no por otra razón. Algunas veces, además, luego mis compañeros (y yo mismo) han tenido que hacer (o corregir) el trabajo por el que habían pagado una pasta. No les digo nada de la concesión de ayudas y subvenciones, un mundo. Entre contratos y ayudas, la lista de personajes y empresas que tienen o han tenido que ver con el 3%, el caso ITV, etc., es apreciablemente larga. ¡Bien lo saben! Han visto (y sufrido) el despotismo y nepotismo de sus jefes, cómo contrataban a tal o cual por ser amigo de o pariente de, las promociones de los pelotas o afines al Partido... ¿Sigo?

Una anécdota, que lo resume todo. Todavía recuerdo cuando unos compañeros y yo mismo propusimos (no una, sino lo menos tres veces, tres años seguidos) incrementar las ayudas y subvenciones para las familias numerosas o aquéllas con las rentas más bajas, para que pudieran instalar en su casa una calefacción en condiciones, por ejemplo. Teníamos margen presupuestario, competencia para hacerlo y sólo faltaba la voluntad de llevarlo a cabo, que nosotros llevábamos puesta. La respuesta de esos jefes a los que ahora mis antiguos compañeros defienden con tanto ahínco fue, literalmente: No estamos aquí para ayudar a los pobres. Jódete. Ninguno de los que propusimos esto seguimos ahí, en la oficina. Unos se fueron por propia iniciativa y otros nos encontramos de un día al otro de patitas en la calle.

Decorar un espacio público con la parafernalia de unos que se creen los únicos que pueden representar a todos no es correcto, y lo censuro. Añado que la performance es, además de ridícula, cursi. Pero soy benévolo y podría pasar por alto la tontería y la cursilería, hasta reírme de ello, pero me cuesta no denunciar semejante estupidez. Lo siento. Me ha dolido.

Augurios


Queridos lectores:

He aquí un nuevo artículo para Metrópoli Abierta, titulado Augurios. Espero que les guste. Si no, espero, al menos, que esté bien escrito. Si no... Si no, entonces intentaré hacerlo mejor la próxima vez.

Rubicón



¡Qué bien que me lo he pasado leyendo Rubicón! Y eso que me sabía la historia y el final, conocía a los personajes de otras lecturas y... Pero ¿qué importa? La historia de Roma es fascinante y los últimos años de la República, fuente inagotable de emociones. No hay que echarle sal, ni pimienta, sólo relatarlo bien, y Tom Holland, el autor de Rubicón, relata como quiere, con un sentido del ritmo y la tensión dramática envidiables. Estaba leyendo un relato histórico y documentado y creía estar leyendo una novela. Tal cual. Además, ¡una buena novela! Hacía tiempo que no me distraía tanto leyendo un libro de historia.

Rubicón tiene una virtud. Verán: si usted es aficionado a la historia y más o menos conoce el período, la lectura de Rubicón le aportará un punto de vista fresco y relativamente original, que pone énfasis en la psicología de los personajes (incluyendo entre éstos al pueblo de Roma) y su relación, culturalmente mediada, con el mundo; por lo tanto, le resultará interesante; no espere un libro lleno de fechas y detalles, pero sí una visión en conjunto que merece la pena conocer; si usted, en cambio, no sabe de Roma más que lo visto en las películas, descubrirá un mundo fascinante, se lo aseguro. Todo bien narrado y expuesto, redondo. No es, pues, recomendable, sino altamente recomendable.

Felicito, pues, a Ático de los Libros por publicar este libro de Tom Holland... y algunos más que, me temo, pronto engordarán mi biblioteca personal. ¡Maldita sea! Me arruinaré detrás de esta clase de tentaciones.

El instante más oscuro


Uno de los anuncios de la película, con Oldman/Churchill fumando un puro.

Suena El instante más oscuro (Darkest Hour, 2017) como posible ganadora de algún Oscar. Está dirigida por Joe Wright sobre un guión de Anthony McCarten, basado en un libro suyo sobre los primeros días del gobierno de Winston Churchill, en mayo de 1940. El libro está editado por Crítica, en español. 

La película ha sido nominada a seis Oscar, incluyendo los de mejor película y mejor actor; se ha llevado un Globo de Oro, por el mejor actor dramático; ha recibido nueve nominaciones de los premios BAFTA; el actor protagonista y el maquillaje se han llevado los premios de los críticos... Etcétera. 

Precisamente los críticos se dividen un tanto al comentar la película: a unos les gusta y a otros, no tanto. Bah. Para gustos, colores. Tiene momentos magníficos y otros que, perdónenme, casi sobran (el viaje en el metro, por ejemplo). Pero prácticamente todo el mundo aplaude el papelón de Gary Oldman, caracterizado de Churchill. No es para menos, porque Gary Oldman está que se sale, lo borda del derecho y del revés y si tienen la suerte de poder ver la película en versión original (algo que les recomiendo vivamente), comprobarán que la dicción del actor imita sobrecogedoramente bien la del primer ministro del puro. ¡Bravo!

Churchill (el de verdad) en mayo de 1940, recién primer ministro.

Esta película dramatiza los intríngulis de la política británica justo cuando el ejército británico es severamente derrotado en los campos de Francia y Flandes y sitiado en Dunkerque. Mientras todo lo que hasta ese momento había parecido firme se deshacía como azucarillos y el Reino Unido se enfrentaba a la posibilidad bien cierta de una derrota tremenda y una invasión nazi, el gobierno cayó en manos de Winston Churchill. Quien hasta ese momento había destacado por no hacer nada a derechas, se descubrió como la persona justa en el momento justo, un líder de primera categoría y un símbolo de tesón y resistencia frente a la tiranía. Su figura es polémica y lo seguirá siendo; tomó grandes riesgos, cometió grandes errores, pero también hizo cosas que ¿quién más podría haber hecho? Sin él, la historia de Europa hubiera sido otra, muy diferente.

Soldados británicos atrapados en las playas de Dunkerque.
Contra todo pronóstico, la Operación Dynamo consiguió evacuarlos a casi todos.

Así que el fondo histórico tiene su interés y ya puestos, les recomiendo ver también Dunkerque (Christopher Nolan, 2017), que hace pareja con ésta y muestra la situación en el campo de batalla mientras Churchill se enfrentaba a sus primeras reuniones en el Gabinete de Guerra.

Barcelona grande o Barcelona chica


Queridos seguidores de El cuaderno de Luis:

Ahí va otro artículo publicado en Metrópoli Abierta. Se titula Barcelona grande o Barcelona chica y va sobre la necesidad de dotar a Barcelona de más presupuesto y poder de decisión. Además, me meto con Heidegger, que siempre es buena cosa.

Pueden leer el artículo en este enlace:
https://www.metropoliabierta.com/opinion/barcelona-grande-o-barcelona-chica_4856_102.html

Nadie les pide que estén de acuerdo, pero de eso se trata.

El método estúpido de sabotaje



En los dos primeros años de la Segunda Guerra Mundial, los alemanes ocuparon prácticamente toda la Europa continental, y sus fábricas. El régimen nazi necesitaba toda clase de productos para su maquinaria de guerra, porque la industria alemana no daba más de sí... y no se había declarado una verdadera economía de guerra en Alemania.

Siempre pongo el mismo ejemplo: Mercedes-Benz seguía fabricando automóviles deportivos y de lujo para los jerarcas nazis mientras el VI Ejército de von Paulus sufría la más atroz derrota en Stalingrado. Tuvo que ponerse Albert Speer al frente de la maquinaria industrial alemana para espabilarla un poco. Resulta paradójico que se fabricaran más carros de combate, vehículos, municiones... en 1944, bajo los bombarderos aliados, ya en retirada en todos los frentes, que en cualquiera de los años anteriores.

Soldados alemanes posando frente a un Renault AHR.

Pero lo que sí que supieron hacer los alemanes fue poner las fábricas de los países ocupados a su servicio. Por la fuerza o de buen grado (pues hubo muchos que colaboraron con el enemigo), la industria europea se puso a fabricar de todo y más para armar y equipar a los ejércitos del Eje. En Francia, Renault fabricó miles de camiones para el ejército alemán; Citröen, otro tanto; Puteaux, munición y artillería; Gnônme et Rhône, motores de aviación... En Holanda, Phillips fabricó millones de bombillas y lámparas de radio para el Eje. En Bélgica, FN Herstal, cientos de miles de pistolas y fusiles para los nazis. Etcétera. La lista es inmensa.

El interés de los aliados se centró, como es evidente, en procurar que los alemanes no pudieran beneficiarse de todo este potencial industrial. Lo intentaron mediante las incursiones de bombarderos, pero también mediante el sabotaje. Cualquier cosa que pusiera en apuros a la producción industrial europea al servicio de Alemania era bienvenida. Pero no era nada fácil.

Olvídense de las películas: la resistencia no era tan activa como se ve en ellas. No, al menos, hasta 1944. Eran pocos, mal avenidos, en riesgo constante y asediados por una eficiente y despiadada Gestapo. Además, reconozcámoslo, no todo el mundo vale para disparar contra el enemigo, echarle bombas o jugarse el tipo jugando a espías. El ciudadano medio europeo odiaba a los nazis, de acuerdo, pero no se atrevía a jugarse el cuello por nada.

Así que el OSS (Office of Strategic Services), creada en 1942 por el presidente Roosevelt, la agencia de inteligencia de los Estados Unidos de América (que luego pasó a ser la CIA), le dio vueltas y vueltas al asunto. ¿Cómo entorpecer la producción industrial de Francia, Holanda y otros países ocupados? A ser posible, sin arriesgar a agentes propios, redes organizadas de resistencia o similares, y con el menor riesgo posible para los ciudadanos que participaran en las acciones de sabotaje contra el enemigo.

Surgió entonces algo tan simple como contundente, el concepto de Purposeful Stupidity. Hay quien lo traduce literalmente, Estupidez Útil, pero no es una traducción del todo exacta; Estupidez con un Propósito sería algo más exacto, pero menos elegante. En fin... Yo propongo llamarlo Método Estúpido de Sabotaje, que llega al fondo del asunto. Lo mejor es que el método fue aplicado con mucho éxito.


Recientemente, se han desclasificado bastantes documentos de la OSS relativos al apoyo a los movimientos de resistencia en los países ocupados. En ellos se adivinan acciones de sabotaje, asesinatos selectivos, atentados con explosivos y esas cosas que uno imagina que encontrará en un manual para saboteadores, pero también se ha desclasificado un folleto destinado a los trabajadores de Francia y Holanda en 1944. Se detallan y proponen acciones de sabotaje como pincharle las ruedas a un camión enemigo u otras de más enjundia, como hacer saltar por los aires un puente del ferrocarril. Entre una cosa y la otra, hay donde escoger. Pero es la primera vez que se propaga la filosofía del método estúpido de sabotaje de manera oficial. Sus efectos fueron tan devastadores que ha permanecido en secreto durante casi 75 años.


Vale la pena echarle un vistazo.

En el Manual de campo para sabotajes sencillos (tal es el título de la publicación), se señala que el método estúpido de sabotaje es contrario a la naturaleza humana (sic) y que requiere una serie de habilidades especiales. Vamos, que no vale cualquiera para ponerlo en práctica.

En el manual se recomiendan las siguientes acciones (y cito y traduzco libremente):

Si formas parte de los altos mandos directivos o ejecutivos de empresas u organizaciones:

Insiste en hacerlo todo a través de "canales". Nunca permitas que nadie tome un atajo para tomar una decisión ejecutiva. 
Haz "discursos". Habla con tanta frecuencia como te sea posible y durante todo el tiempo que puedas cada vez. Adorna tus puntos de vista con anécdotas o relatos, cuanto más largos mejor, basados en tus experiencias personales.
Siempre que sea posible, envía todos los asuntos a un comité para que los estudie con la profundidad debida y nos proporcione una opinión fundada. Pero procura que haya mucha gente en cada comité, nunca menos de cinco personas expertas.
Saca a colación asuntos irrelevantes con la mayor frecuencia posible.
Discute sobre cómo está escrita tal o cual cosa de cada informe, noticia o aviso que tenga que emitirse, poniendo interés en los asuntos más nimios. 
En cualquier reunión, saca a relucir los asuntos decididos en la reunión anterior y vuelve a debatir sobre ellos, preguntándote si esa resolución fue realmente adecuada o conveniente. Pero hazlo como si estuvieras muy preocupado por sus efectos; pide precaución y muéstrate razonable, animando a los demás a ser tan razonables como tú a la hora de desconfiar de los cambios propuestos. Vuelve a discutir lo mismo.

Si eres un gerente, un director, un responsable de fábrica o un cargo semejante con alguna responsabilidad sobre los empleados:

Al asignar o definir puestos de trabajo, comienza siempre por los puestos de trabajo más insignificantes. Procura que los trabajos más importantes sean asignados a trabajadores ineficientes. 
Insiste en la perfección en el trabajo en productos que carecen de importancia; rechaza y envía de vuelta a la cadena de producción cualquiera que presente el más mínimo fallo, aunque no afecte para nada a la calidad o eficiencia del producto.
Para que la moral de los trabajadores resulte afectada y, con ella, la producción, sé amable y elogioso con los trabajadores más ineficaces; promociónalos, si puedes, a modo de premio, por sorpresa, sin avisar.
Organiza reuniones y comisiones para enfocar cómo realizar un trabajo que resulte crítico en la cadena de producción y aplica lo dicho anteriormente.
Multiplica los procedimientos, excepciones y anexos de las instrucciones vigentes en la cadena de montaje, en el pago de nóminas, en la organización de los turnos, en los méritos para promociones o premios, etc. Haz que lo menos tres personas tengan que aprobar algo que una sola podría aprobar tranquilamente. 

Si eres un empleado o un trabajador:

No tengas prisa.
No tengas prisa. [Dos veces, en el original.]
Provoca tantas interrupciones en tu trabajo como puedas. Mejor será apoyándote en oscuras instrucciones y procedimientos. 
Haz mal tu trabajo y échale las culpas a la mala calidad de las herramientas, las máquinas o el equipo a tu disposición, o a unas malas instrucciones. Quéjate de que todas esas cosas te impiden hacer el trabajo bien hecho, como a ti te gustaría.
Nunca transmitas tu habilidad o experiencia a un trabajador novato o menos habilidoso que tú.

Sinceramente, con el corazón en la mano, díganme: ¿No se está aplicando total o parcialmente el método estúpido de sabotaje en su lugar de trabajo? Un servidor, que pasó veinte años en la Generalidad de Cataluña (una administración pública como tantas) se ha reído mucho leyendo el manual de la OSS, por no llevarse las manos a la cabeza, porque... ¡parecía que estuvieran hablando de nosotros!

Escriben más que leen


No sé si me repito, pero me da igual. La cuestión es que existe un dicho entre los editores que reza que la gente escribe más que lee, y la prueba de esa aseveración es la calidad de los manuscritos que se presentan en una editorial cualquiera. Me ha tocado lidiar con muchos de ellos, por una u otra razón, y puedo asegurar que hay para llevarse las manos a la cabeza.

Podemos discutir si un argumento es más o menos interesante o si un relato puede sumarse a una u otra línea editorial. Podemos, incluso, admitir que un desenlace no es satisfactorio o que algún personaje no es tan coherente como quisiéramos, aunque el texto tiene algo. También podemos perdonar el poco cuidado con algún detalle e incluso algunos fallos ortogramaticales, siempre que el conjunto brille con suficiente luz. Pero las más de las veces el lector profesional o el editor se preguntan: ¿Cómo se ha atrevido nadie a enviar esto a una editorial? ¡Esto!

Es enorme la cifra de manuscritos que no valen ni el papel en que están escritos. Uno tiene la impresión de que la gente no lee lo que escribe, de verdad. Si resulta que sí, que lo lee y lo da por bueno, entonces la situación es alarmante, como poco, mucho más grave de lo que parecía. ¿Cómo nadie puede haber quedado satisfecho con... con... ¡con esto!? No se pone cuidado en los detalles, pero tampoco en el relato en sí, en la conformación de los personajes o escenas, en el desarrollo dramático, en nada. 

Los informes de edición suelen ser trágicos. En éstos recomiendas una serie de cambios para mejorar el resultado final; en algunos casos es inevitable recomendar volverlo a escribir todo de principio a fin, y sólo después de haber invertido unos años en cursos de redacción y escritura. Lo que te pedía el cuerpo era decirles que nunca más se acercaran a un papel, pero hay que ser amables. Los autores, ensorbebecidos y víctimas de la osadía que proporciona la ignorancia, suelen enfadarse (y mucho) cuando recomiendas esta línea de acción.

Una de las páginas del manuscrito original de Madame Bovary.

La escritura suele ser el resultado del pecado de soberbia, porque es soberbia creer que lo que tú escribes interesará a la gente (aunque en verdad sea interesante). Pero un escritor, si bien es soberbio por definición, no puede ser perezoso. La escritura exige un trabajo muy cuidadoso y constante y el trabajo no se acaba cuando se pone el punto final al manuscrito. No. Ésa es la parte fácil. Ahora viene el trabajo en serio. Hay que releer, borrar, corregir, añadir, cambiar... ¡Es tan difícil borrar...! Eso ocupa tanto tiempo como el escribir mismo y si luego el manuscrito tiene suerte y cae en manos de un editor, ¡vuelta a releer, borrar, corregir, añadir, cambiar...! Sólo así el resultado valdrá la pena.

Pero esos manuscritos que llueven a docenas sobre los despachos de los editores, que van directos a la papelera después de un breve examen (brevísimo), suelen ser hijos de la soberbia... y la pereza. Escritos a vuelapluma, tal cual sale, tal cual se envía, por ver si hay suerte. No la hay. En el 99,99% de los casos, como poco, ésa es la fórmula del fracaso.

A la sombra de esta catástrofe, se están forrando las empresas de autoedición, porque la soberbia es un buen acicate para el negocio. ¿Quieres ver tu nombre en un libro? ¡Yo te lo publico! Qué desperdicio de papel, de dinero, qué abuso de la buena fe, qué triunfo de la falsa adulación.

Salud mental



Cada día estoy más convencido de que han echado algo en el agua. Si no, no me lo explico.

Efemérides constitucional



El próximo 18 de febrero se cumple una fecha señalada. 

Echando cuentas, ese día la Constitución Española habrá estado vigente tanto tiempo como el general Franco mantuvo su título de Jefe del Estado. Es decir, más de 39 años, en números redondos. Entre una cosa y la otra, un par de años de transición. 

Ahí queda eso, a título informativo. ¡Cómo pasa el tiempo!

Eva



El azar o el destino, o ambos al unísono, me han enfrentado con duras lecturas de manuscritos infumables que aspiraban a ser considerados el no da más de la literatura universal. Enfrentado a horrores ortogramaticales sin cuento, a tramas incoherentes, a estructuras narrativas que no se sostienen, he leído la última de Pérez-Reverte como quien se echa de cabeza a un oasis después de atravesar el Sáhara.

Eva es la segunda de la serie Falcó, protagonizada por un canalla que trabaja para los servicios secretos del bando nacional durante la Guerra Civil Española. El tipo es un cínico de mucho cuidado, un fatalista congénito, mujeriego, sinvergüenza, peligroso (muy peligroso), un personaje con el que no quisieras cruzarte en vida. Más o menos, un James Bond con acento de pijo jerezano, y perdonen ustedes. Sí, es verdad, como es machista, canalla, malvado, cabrón y además franquista, provoca rechazo y resquemor, pero el señor Bond, James Bond, no andará lejos de ser lo mismo y todos queremos ser como él, y aquí no veo tantos escrúpulos morales. Uno y otro, el británico y el español, admitámoslo, son malvados y de lo peorcito que parió madre, pero ambos consiguen que estemos atentos a cualquier cosa que hagan.

He leído Eva sin más intención que la de distraerme y entretenerme, y el texto ha cumplido a la perfección la tarea que pretendía que cumpliera. La historia se lee casi de un tirón. Tendrá alguna página que ni fu ni fa o que uno cambiaría, pero páginas de ésas las encuentro yo hasta en el Quijote; nada serio, pues. Una trama coherente, entretenida. El autor, en suma y para no alargarnos, da muestras de conocer bien su oficio y se agradece que nos ofrezca su trabajo. Bravo.

Los personajes de Eva son perezrevertianos, si existe tal término. La frontera entre cinismo y fatalismo es sutil y envenenada. El optimismo queda para otro día y no existe diferencia entre victoria y derrota más que en el nombre. Con todo, se rinden honores al heroísmo (que es, también, resignación) y el aire que se respira en algunas páginas de esta novela ya se respira en El húsar (la primera novela de su autor), en El maestro de esgrima (la segunda, creo) o en la serie del capitán Alatriste. Será éste un perfume conocido para los perezrevertianos que, seguramente, ya sabrán de qué les hablo.

A título personal, agradezco a don Arturo que escriba todavía éste o sólo con tilde, cuando toca. Que mis escrupulosos correctores (cumpliendo órdenes) borren la tilde de mis demostrativos y de mis adverbios me duele en el alma, y contemplar las tildes ajenas en lo alto de una letra es emoción semejante a la de ver la bandera todavía alzada en medio del cuadro de la Vieja Guardia, ésa que se muere, pero no se rinde. Yo ya me entiendo.

Entrevista a Silvia Querini, editora


Aquí les dejo con una entrevista a Silvia Querini, editora de Lumen, a quien tengo el honor, y el placer, de conocer personalmente. Espero que les guste.

Para ver el vídeo, pulse aquí.
(Fotografía publicada en la revista Jot-Down.)