La Grande Bellezza



No la había visto cuando la estrenaron, ni cuando le dieron el Oscar, ni después. Tenía el DVD, esperando la ocasión propicia y ésta no llegaba nunca, porque el día a día nos supera con sus tonterías. Hasta que, ayer mismo, descubrí que pasaban La Grande Bellezza por televisión y me dije que hasta ahí podíamos llegar. Ahora o nunca. Puse el DVD, seleccioné la versión original, me instalé para verla con todo detalle y no aparte la vista de la pantalla de principio a final. Quedé apabullado por las imágenes y me dejé llevar por la película, hasta el fundido en negro final, que sucede después de navegar bajo los puentes del Tíber mientras aparecen los títulos de crédito. Bravo! Bravissimo!

El fondo de la película es duro, un mensaje de melancolía y frustración, de anhelos imposibles y vidas perdidas detrás de ellos, y la forma no es convencional, pero sí que es bellísima y extremadamente cuidada. No entraré en detalles ni en argumentos, porque ahora no me importan demasiado. Sólo diré que me dejó impresionado, que es lo que a mí me importa, a fin de cuentas. Tengo muchísimas ganas de volver a Roma, ahora mismo, para ver una puesta de sol desde el Ponte Cavour, por ejemplo. Unas ganas de morirse.

Secretos y discretos



Estos días hemos asistido a un número de circo (uno más) de los payasos del prusés (de aquí y de allá). Todo comenzó cuando uno afirmó que el Gobierno de España negociaba en secreto (sic) con el Gobierno de la Generalidad de Cataluña. Lo dijo alguien que sabía lo que se decía, al menos en teoría, pues era el delegado del Gobierno (de España) en Cataluña. Inmediatamente, como disparados por un resorte, salieron los del Gobierno de la Generalidad de Cataluña (que también tienen un delegado en Barcelona, por si no lo sabían) negando la mayor: aquí nadie negocia con Madrid, y menos en secreto, dijeron. 

Esa negación tan rápida y encendida demuestra, absolutamente, que que se está negociando con el Gobierno de España. Seguro. ¡No falla! Es lo mismo que cuando un presidente del Gobierno (éste, ése o aquél) niega que exista una crisis de Gobierno antes de que nadie le pregunte; es señal inequívoca de que existe una crisis de Gobierno, y de las gordas. ¡Así funciona la política! 

Luego salieron los representantes en Cataluña del partido del Gobierno de España negando lo mismo; un punto más a favor de que en verdad se negoció y se sigue negociando. Hubo voces que seguían afirmando que sí, que había habido y siguen habiendo tales negociaciones... y eso me confundió un poco al principio. El líder del PSC en Cataluña, por ejemplo, afirmó que las ha habido. Secretas, además. Tan secretas que las conoce cualquiera, hasta él mismo, que no salía de su asombro. Además, salen en los periódicos. 

La mejor respuesta de todas fue con mucho la que dio el presidente del Gobierno (de España), don Mariano Rajoy, que afirmó que si las reuniones eran secretas, no podía decir si se habían reunido o no, porque entonces dejarían de serlo. ¡Ahí está la clave! Todos los que han negado esas negociaciones, han negado que fueran negociaciones secretas. ¡Ojo al dato! ¡Secretas! Como a estas alturas ya sabemos que todo el mundo sabe de esas negociaciones, es cierto que (ya) no son secretas. ¿Lo pillan? Nadie miente cuando dice que no ha habido negociaciones secretas, aunque es evidente que lo de guardar un secreto es una utopía.

El gran Maquiavelo dejó por escrito que si quieres hacer algo en secreto, hazlo rápido y hazlo con muy poca gente si no puedes hacerlo solo. Porque los secretos no existen y tarde o temprano, más pronto que tarde, salen a la luz. Cuanta más gente participa del secreto o cuanto más tiempo intente guardarse, menos secreto será. Pero, como es bien sabido, nuestros políticos no leen a los clásicos y se creen más listos que el hambre, cuando entre todos juntos no saben cambiar una bombilla. ¡Es lo que hay!

A todo eso, ¿de qué van las negociaciones? Quién sabe. Porque son secretas, ¿no?

Imagen de la cena (secreta) entre las partes. 
Reacción ante la noticia de su publicación.

El episodio de la pistola de James Bond


Advertencia: Éste es un artículo friqui. Quedan avisados.

Ian Fleming escribió doce novelas y algunos cuentos donde aparecía su personaje más famoso, James Bond. El señor Bond es un espía doble cero. Más concretamente, es el agente 007 y tiene licencia para matar (eso significa el doble cero). El señor Bond de las novelas nació en Zurich hacia 1920, de padre escocés y madre suiza, fuma sesenta cigarrillos al día, bebe como un cosaco, conduce un Bentley y es comandante de la Royal Navy, aunque trabaje en el Servicio Secreto. Las novelas de Fleming se vendieron como rosquillas, pero fue el salto al cine el que llevó a Bond, James Bond, a la fama. Y es entonces cuando se produce el episodio de la pistola de James Bond.

Sean Connery empuñando una Walter PP, cuando protagonizó Dr. No.

¿Cuál es la pistola de James Bond? Es tan famosa que mucha gente conoce la respuesta. Es la Walter PPK. Lo de PPK quiere decir Pistol Polizei Kurtz, o pistola de policía corta, porque la Walter fabricaba entonces (y creo que sigue fabricando) la PP, con el cañón más largo. En las últimas películas de James Bond, la Walter PPK que lleva encima es del calibre 9 mm corto (que los americanos llaman .380 ACP o Browning). Pero en la película Dr. No, la primera de la saga, protagonizada por Sean Connery, es una Walter PPK de calibre 7,65 mm (o .32 ACP o Browning), y se la entregan en una de las primeras escenas.

La primera película de la saga.

Aquí comienza el episodio de la pistola de James Bond, que no tiene desperdicio. Tanto en las novelas como en la película, el arma que llevaba encima James Bond hasta ese momento era una Beretta de calibre 6,35 mm (o .25 Browning) con silenciador. Según Fleming, un día la llevaba bajo la chaqueta con el silenciador puesto y al sacarla se le enredó en la ropa. La consecuencia es que no pudo sacarla a tiempo y casi nos matan a 007. De vuelta al trabajo, recuperado de sus heridas, le quieren cambiar la Beretta por la Walter PPK. En la película reproducen el diálogo de la novela, éste:

Elogiando las virtudes de la Walter PPK, pero empuñando una Walter PP.

Comandante Boothroyd (armero): Es bonita y ligera... para el bolso de una dama. No tiene potencia.
M: ¿Algún comentario, 007?
James Bond: No estoy de acuerdo, señor. He usado la Beretta durante diez años y todavía no ho fallado un tiro con ella.
M: Puede que no, pero se encasquilló en su último trabajo y por eso pasó seis meses en el hospital. Si lleva usted el doble cero, significa que tiene licencia para matar, ¡no para que le maten! De ahora en adelante, llevará otra arma. Enséñesela, comandante.
Comandante Boothroyd: Walter PPK, 7,65 mm, golpea tan fuerte como un ladrillo que atraviesa una ventana. Lleva un silenciador Brausch que apenas reduce la velocidad del proyectil. La CIA la prefiere.
(Nota: La traducción del diálogo es mía.)



Arriba, Bond entrega su Beretta a M.
En medio, la Beretta de 6,35 mm que empleaba James Bond en las novelas.
Abajo, la que sale en la película, la Beretta 34 de 9 mm corto.

Entonces, el comandante Boothroyd entrega a James Bond (en la película) una Walter PP de 9 mm corto, no una Walter PPK de 7,65 mm. Peor me lo ponen cuando James Bond entrega su Beretta a M, porque no entrega una Beretta de 6,35 mm, sino una Beretta 34 de 9 mm corto, que luego intenta llevarse a escondidas. Vamos, que no aciertan una.

Bond (Connery) llevará encima durante toda la película la Walter PP, no la PPK que le corresponde. De hecho, no sale una sola Walter PPK en toda la película. (Eso tiene una explicación, pues la Walter PP era la pistola de la Policía Metropolitana de Londres desde 1961 y era la Walter que los productores de la película tenían a mano. No se les ocurrió comprar una PPK.)

James Bond fumando un cigarrillo y empuñando una FN M1910 de 7,65 mm con un silenciador falso.

Luego la cosa se complica. Bond tenía que ejecutar al profesor Dent con un silenciador, pero la Walter que empleaban en la película no tenía el cañón roscado y no admitía ninguno. ¿Qué hicieron entonces? En la escena donde Bond recibe al profesor Dent y acaba matándolo, Sean Connery empuña una FN Browning M1910 (la misma pistola que provocó la Gran Guerra) de 7,65 mm, y no acaba ahí la cosa, porque el silenciador era de mentira.

A la izquierda, Bond dispara con una Walter PP.
A la derecha, se le ha convertido en un Colt M1911 A1.

Es curioso, pero en Dr. No, Bond (Sean Connery) nunca empleará la pistola que en verdad le toca emplear. Después del asunto del silenciador, en la escena de la playa, cuando desembarcan de noche y se les aparece un dragón (en verdad, un cacharro con un lanzallamas), Bond dispara contra eso con un Colt M1911 A1, del calibre .45. Un pistolón que nada tiene que ver con la Walter PPK, ni en tamaño ni en calibre.

Pero ¿qué importa? La película fue un éxito y Sean Connery se convirtió en el agente 007 por antonomasia. En las siguientes películas ya le dieron una Walter PPK, por si acaso. 

La Walter PP que empleó Sean Connery en Dr. No.

La Walter PP que se empleó en Dr. No se vendió en una subasta de Christie's el 5 de diciembre de 2006 por algo más de 100.000 dólares americanos. La pistola tenía el número de serie 19174A y había sido proporcionada por un armero de Londres, Bapty. Se vendió inutilizada (para evitar que disparase), cumpliendo las leyes británicas. 

Numerología manifestante


¿Cuántos fueron?
¡Muchos!

El sábado, en Barcelona, se manifestó mucha gente pidiendo acoger más refugiados e inmigrantes. Digo mucha gente porque es la aproximación más exacta a la que uno puede echar mano leyendo los periódicos y las notas de prensa. 

Algunas tribus primitivas contaban así: uno, dos, tres... muchos. Sus matemáticas no eran muy avanzadas, pero se ahorraban líos innecesarios. En cambio, nosotros presumimos de saber matemáticas y somos incapaces de contar el número de manifestantes de cualquier manifestación. De hecho, contamos diferentes si son de los nuestros o de los otros

En 2012 se hicieron dos manifestaciones multitudinarias en Barcelona, que ocuparon prácticamente el mismo espacio y reunieron a la misma cantidad de gente, con dos meses de diferencia. Pero una, el 11 de septiembre, reunió (según la estimación oficial más conservadora) a un millón de personas, mientras que la otra, el 14 de noviembre, no sumó a más de 110.000 (según la estimación oficial más optimista). Qué cosa más rara. No me lo explico. ¿Se reúne más o menos gente según se manifiesten por una cosa u otra? ¿Tanto han engordado los manifestantes en dos meses que ocupan diez veces más en noviembre que en septiembre? ¿Será cierto que no podemos contar exactamente cuánta gente acude a una manifestacuión?

¿No podemos...? Mentira. Sí que podemos contar manifestantes. De hecho, con una precisión pasmosa, con márgenes de error inferiores al 1% si nos ponemos finos o de un 5% si no nos esforzamos demasiado. Con un poco de práctica, con un margen de error del 10% simplemente a ojo. La tecnología nos lo permite. Podemos contar uno a uno a todos los manifestantes mediante un algoritmo computerizado y fotografías aéreas. Esos programas existen, no me lo invento. Si no, podemos estimar perfectamente el área cubierta por los manifestantes y su densidad (tantos por metro cuadrado), lo que debería permitirnos un cálculo muy correcto. Calculen cuanta gente cabe dentro de un plato de ducha y comparen con las fotografías para hacerse a la idea de la concentración.

Estos ¿no cuentan manifestantes? ¿Arrementen a ciegas?

Hubo una empresa que se puso a contar manifestantes con métodos muy precisos. No tardó en levantar ampollas en todas partes. Una misa del papa en Fátima pasó de tener un millón de asistentes a tener apenas 45.000. Una manifestación sindical en Barcelona pasó de los 150.000 asistentes a los 3.500 que se reunieron en verdad. Una manifestación pro-vida en Madrid dejó de tener un millón y medio de asistentes para pasar a tener unos 90.000, y un desfile del Día del Orgullo Gay, también en Madrid, pasó de los millones (en plural) a los miles en un pispás. El millón y pico largo que se concentró en Barcelona para abuchear al Tribunal Constitucional (y, de paso, al presidente Montilla) y aplaudir a Jordi Pujol en 2010 pasó a ser una cifra próxima (por debajo) a las cien mil personas... Etcétera. No es una cuestión ideológica, pues todos mienten por igual. Todos. Eso es algo que a mí me pone de los nervios. ¿Por qué la gente insiste en mentir tan descaradamente?


Según la Guardia Urbana y las autoridades competentes, la manifestación de arriba sumó el doble de asistentes que la de abajo. ¿Qué dirían ustedes? Aprecien la densidad de manifestantes y ya me dirán.

Chasco tras chasco, las manifestaciones millonarias se descubrieron todas una leyenda y las bocas llenas de los convocantes a las manifestaciones se mostraron mentirosas. La Guardia Urbana, la Delegación del Gobierno, la autoridad competente en general se descubrió incompetente a la hora de echar cuentas. Muy incompetente. Que una máquina contara los asistentes uno a uno o hiciera estimaciones de personas por metro cuadrado tan precisas e indiscutibles supuso una tremenda molestia. 

Nos habíamos acostumbrado tanto al millón de manifestantes que reunir a 150.000 nos parecía una bobada, cuando es una barbaridad, ¡es mucha, pero mucha, gente! Les recuerdo que el frente de ocho kilómetros de la batalla de Waterloo fue cubierto por 150.000 soldados y unos 50.000 caballos, sumando ambos bandos en la batalla, y que ahí donde uno ponía el ojo, veía batallones en prietas filas. 

La empresa, no hay ni que decirlo, quebró, y esa quiebra fue aplaudida por todos. Ahora podemos volver a contar con la alegría de costumbre, como esos indígenas: uno, dos, tres... ¡un millón! ¡Otro! ¡Venga, que somos pocos!

Nunca llueve a gusto de todos


Estos días han sido sonados por eso que llaman juicios políticos, y lo seguirán siendo. Pero ¿qué es un juicio político? Por definición, político será lo que afecte al conjunto de los ciudadanos, a la comunidad política, digo yo. Si esto es así, se pone cuesta arribar pensar qué recurso a la justicia podría no ser más o menos político. 

Pero cuando uno habla de un juicio político suele ir con mala idea e insinuar que el recurso a la justicia es un mecanismo corrupto que tienen unos para ir contra las ideas de otros. Esta acusación (muy grave en una democracia) suele dirigirse contra el personaje que está en el gobierno y suele añadirse que se recurre a la justicia (o se presiona a los tribunales) para favorecerlo a él o perjudicarme a mí. Dicho de otro modo, se acusa a la justicia de parcialidad, algo realmente feo.

Lo mío ha sido un juicio político, se dice ahora cuando te pillan.

Que el sistema judicial español tendría que ser más independiente del poder ejecutivo en España es una opinión que comparto con muchas personas, pero también es cierto que muchos gobiernos nacionales, regionales o locales se sienten incómodos con la independencia que ahora mismo exhiben los tribunales de justicia. Como no entiendo mucho de estos asuntos de abogados, ahí dejo la cuestión, porque la que me interesa es otra. Fíjense.

El señor Mas y compañía acusan al Gobierno de España de presionar a los tribunales porque son juzgados por algo que, diga lo que diga la sentencia al final, es público y notorio: se pasaron por el forro una prohibición del Tribunal Constitucional. Presumen y han presumido de ello en público, con mucho ruido. Ahora bien, luego van y delante de los jueces se achantan y dicen que donde dije digo digo Diego, dando grandísimas muestras de integridad, coherencia y valentía. En resumen, para no alargarnos, dicen ser víctimas de un juicio político. Pero cuando reúnen a los suyos delante de los tribunales con gran aparato, trayendo a miles de personas en autocar para llenar el hueco (porque la gente de Barcelona no parece tan propicia a manifestarse como la gente de pueblo), cuando se ponen a largar discursos institucionales, cuando la policía tiene que proteger a uno de los fiscales de las agresiones de algún exaltado... ¿no presionan ellos también a los tribunales?

Reunión de tresporcentistas catalanes víctimas de juicios políticos.

También es un juicio político el que está tirando del hilo del 3%. Los mismos se quejan de ser perseguidos otra vez por sus ideas en este otro juicio. Ciertamente, esas ideas hay que perseguirlas y acabar con ellas. Porque no puede ser que la idea de tanta gente sea trincar lo que le pongan por delante y forrarse comisión arriba y abajo, y luego rasgarse las vestiduras y acudir a la patria si les acusan de latrocinio. ¡Fuera con eso!

Ya verán: también será un juicio político el caso Palau o el ITV. ¡Ya verán como sí! Incluso el caso Pujol (que tiene extrañas conexiones con otros casos que afectan al PP) es considerado regularmente político, pensado (se dice) para fastidiar a los convergentes, cuando trincó quien trincó y nos robó a todos. Hay tantos casos pendientes... Ha sido (y es) tan corrupto el aparato convergente... Y es norma de la casa robar a destajo y acusar de juicio político a quien te pilla con las manos en la masa y nos avisa.

Pero ¡calma! Ése es un mal desgraciadamente común. 

La sentencia de un juicio menor de la trama Gürtel, con un montón de años de cárcel como resultado, se ha hecho pública cuando el PP celebraba un congreso de autobombo. ¿Adivinan que expresión ha salido a la luz? ¡En efecto! ¡Ha sido un juicio político! Todo el caso Gürtel y otros tantísimos que han afectado al PP han sido, en uno u otro momento, juicios políticos y no han faltado voces que acusan a los jueces de actuar contra el partido, exactamente igual que hacen en Barcelona los convergentes de turno. En el PSOE (incluyendo el PSC) no se libran de lo mismo, porque también han sobrado juicios políticos cuando los acusados robaban a destajo en Andalucía o en los ayuntamientos de la Región Metropolitana de Barcelona, por decir algo. No hay región, autonomía o provincia que se libre de la maldición de un juicio político, porque nunca llueve a gusto de todos.

III Congreso Anual de Tesoreros y Comisionistas Hispanos.
Hoy, El juicio político y sus consecuencias.

Quien esté libre de pecado, que tire la primera piedra. Eso, de entrada. Luego, cuando una formación política se vea perseguida por los tribunales... Eso de perseguida... ¡No haber hecho lo que hizo! Si vas robando por ahí o pasándote la ley por el forro, suelen pasar estas cosas. Además, son tantas las faltas cometidas que cuesta encontrar una sola fecha libre que no moleste a nadie a la hora de enviar a la policía a investigar en la sede del partido, algún ayuntamiento o alguna oficina de la administración pública. Imagínense al señor juez preguntando cuándo le va bien que pase para detener al tesorero de su partido. La próxima vez, no hagas maldades y verás como se acaban tus problemas.

Descubrimientos y vanidades



Por razones obvias, me debo al secreto profesional, pero puedo decir que me produce una especial satisfacción continuar viendo en algunas mesas de novedades una novela que leí en forma de manuscrito hace ya más de un año. Obra primeriza, la novela se ha vendido bien y sigue ahí. No hablamos de grandes cifras de ventas, pero sí de ventas superiores a la media. Escribí un informe de lectura donde no amagaba los numerosos defectos del manuscrito (¡tranquilos! todos los manuscritos tienen numerosos defectos), pero que concluía con buena nota y un visto más que bueno. 

¿Fuí yo quien descubrió ese texto? No. Qué barbaridad... Antes de mi lectura, quizá había leído aquello un agente editorial, y después de mi informe, lo leería un editor, aconsejado por mí. El manuscrito pasó luego por un consejo de redacción y finalmente se aprobó su publicación. Mi intervención en el proceso cuenta, pero es minúscula en comparación con la intervención de otras personas, y es preferible que sea anónima. Pero... No lo puedo negar. Cada vez que paso por una librería y veo mi libro ahí expuesto, sonrío, muy satisfecho. Ese libro lo recomendé yo, pienso. Los lectores profesionales también sufrimos algo semejante a la vanidad.

A la espera


Prosigue mi particular cruzada para publicar la segunda parte de la Historia torcida de la Filosofía. Después de haber sido editada por el director de la colección, Javier Traité (al que agradezco muchísimo su trabajo desde estas líneas), me ha correspondido la labor de poner orden en sus notas, repasar el texto, considerar sus indicaciones y cambiar lo que tenía que cambiarse, enmendar lo que tenía que enmendarse, borrar un poco, añadir otro poco y dejarlo todo bien a punto para que el corrector haga su agosto descubriendo mis faltas de gramática y ortografía. 

Los dibujos están entregados, lo mismo que el texto. Si todo va bien, sólo resta una última revisión antes de la maquetación y, posteriormente, una revisión de galeradas. Lo normal, vamos. 

Así, poquito a poco, la segunda parte se aproxima a la fecha de su publicación. ¡Qué emocionante!

Tarabas



Un escritor al que cada día tengo más aprecio es Joseph Roth. 

Cuentan que cuando se conocieron en Barcelona, Vargas Llosa y García Márquez se preguntaron cuál era su escritor favorito. Uno dijo: Roth. El otro dijo: Joseph, ¿no? El primero exclamó: ¡Naturalmente! No puedo estar más de acuerdo.

Tarabas, publicada por Acantilado y traducida por Feliu Formosa, es simple y llanamente una maravilla. Algunas de sus escenas son de una plasticidad y una belleza apabullantes y el desarrollo del personaje protagonista, Tarabas, merece un sonoro aplauso. Hay escenas que conmueven y la del pogromo es... ¡inmensa!

La acción se centra en la Gran Guerra, la Revolución Rusa y la posterior aparición de nuevas naciones que antes habían pertenecido al imperio del zar. Roth había viajado a Rusia en los años veinte, como corresponsal, y conocía bien el ambiente que aparece en su novela. Con qué detalle y conocimiento lo transcribe. También conocería a alguno de esos señores de la guerra en los que Tarabas está inspirado. 

No diré más. Vale la pena leerla y es toda una lección del buen hacer y el buen pensar de un autor admirable.


Del tres al treinta y tres por ciento


Cualquier agrupación de personas que decide fundar un partido político lo hace porque tienen presente una afinidad ideológica que los impulsa a colaborar en una determinada línea de actuación, ¿no? Luego vendrá cómo se organizan, después discutirán cómo van a llamarse, con que lemas o logotipos se escribirá su propaganda y, al final, se presentarán en el registro correspondiente y ya serán un partido político que podrá participar en unas elecciones. Ése sería el procedimiento sensato, el que sigue todo el mundo. Sin embargo, en el PDECat se ha seguido el procedimiento inverso, con el resultado que salta a la vista.

Acosada por el 3%, fundamento de sus orígenes pujolianos y esencia de su ideología y pragmática, después de ser sistemáticamente destrozada por el señor Mas y su tropa, la antigua Convergència organizó la operación Cambio de Chaqueta. Si dejaba de ser Convergència para ser otra cosa, se acabarían todos sus males y seguirían mandando los mismos, se decía por los pasillos. ¡A ello, pues!

Un plan tan audaz requiere inteligencia, un bien escaso. A falta de ella, la operación Cambio de Chaqueta optó por la originalidad: en vez de comenzar la casa por los cimientos, la comenzó por el tejado. Se reunieron con mucho aparato, fundaron un partido anónimo y la primera cuestión que se planteó a sí mismo fue: ¿Cómo nos llamamos? ¿Consecuencia? Todos recordamos el ridículo del Congreso Constituyente que discutió precisamente eso, porque otra cosa no supo (ni pudo) discutir. 

¡Ay, Dios! La que organizaron... El nombre escogido por la cúpula no gustó a las bases. El pastón que se gastaron en una birria de nombre no sirvió para nada. Las bases escogieron el nombre de un partido que ya existía y que, además, ¡era socio de su gobierno! Fue un esperpento en toda regla. El nuevo (ejem) partido se mantuvo anónimo durante semanas, y, visto el éxito del nuevo nombre finalmente elegido, cambiado y modificado para poder registrarse, mejor les hubiera sido ponerse Antiga Convergència, porque es el nombre que al final emplea todo el mundo para referirse al PDECat. 

Fundado el partido y bautizado al fin, quedaron dos temas pendientes. Uno, los estatutos, que es decir su propia organización, que no es poco. Con la lección aprendida, discutieron el asunto sin hacer publicidad, pero les costó sangre, sudor y lágrimas ponerse de acuerdo porque nadie quería perder y todos querían pillar. El segundo tema pendiente, definir una ideología política y un programa de gobierno coherente con ella... Bueno, eso está todavía por discutir. De hecho, la ideología convergente... ¡es la que es! En la operación Cambio de Chaqueta, la ideología del nuevo partido era lo menos importante, mientras pudieran disimular que Convergència y el PDECat son una y una misma cosa.

La cúpula de la antigua Convergència. 
En la mesa, los doce apóstoles, más el Mesías, María Magdalena y un señor con flequillo.

El problema de los estatutos es que el nuevo (ejem) partido quiso ser más papista que el papa. Se propuso que no pudieran acumularse más de dos cargos institucionales o del partido por persona entre los dirigentes del partido, y que no pudiera formar parte de la dirección del partido quien tuviera un alto cargo en el gobierno (de la Generalidad de Cataluña). 

Pero cuatro de los doce personajes elegidos para dirigir la antigua Convergència... En fin, dimitieron espectacularmente. Una, Elsa Artadi, era un alto cargo del gobierno. Los estatutos la expulsaban de la dirección del partido. Otros tres, Montserrat Candini, Albert Batet y Lluís Guinó, eran a la vez alcaldes de su pueblo y diputados en el Parlamento de Cataluña. Ergo, o dejaban de ser alcaldes o dejaban de ser diputados o abandonaban la cúpula del partido. De un día al siguiente, la recién estrenada cúpula directiva del PDECat perdió no el 3% de comisiones, sino el 33% de sus directivos. ¡La madre! La dimisión de estos cuatro personajes provocó mucho revuelo y avergonzó a los portavoces del partido. Porque, ¿no lo habían visto venir? Estrenan una cúpula directiva ¡y les dura cuatro días!

Semejante forma de pensar con los pies tuvo consecuencias, pero el PDECat mantiene las formas de la antigua Convergència y disimula muy bien. Donde dije digo digo Diego y ya está. Apagaron el incendio con sifón, montando un chiringuito interno llamado Comisión de Calidad Democrática que decidió que esos cuatro personajes no hacía falta que dimitieran de la dirección del partido y así, publicando una norma un día y saltándosela a la torera al día siguiente, el PDECat ha iniciado su andadura política con mucho oficio y aquí no ha pasado nada. Si gobiernan el país como gobiernan el partido... Bueno, es lo que ya se ve, ¿no?

¿Por qué dimitieron esos cuatro personajes? Hay quien señala tensiones internas, que, en cristiano, quiere decir que están a matar entre ellos, pero eso es algo que no nos incumbe. El reparto del poder es lo que tiene, y cuando el barco se hunde los botes salvavidas van muy buscados. Se señalaba también que si los tres alcaldes que son también diputados dejasen de ser diputados para seguir mandando en el partido, la antigua Convergència perdería tres escaños que serían ocupados... por diputados de ERC, por aquello de haberse presentado en coalición unos y otros. Ay, no, exclamaron. Porque convergentes y republicanos parece que están a matar entre sí por ver quién manda ahora y cuando haya elecciones. 

También se conoce una interpretación más pragmática: antes de dejar de ser alcalde, diputado o alto cargo de la Generalidad de Cataluña, dejo de ser el correveidile de un partido político, donde se cobra mucho menos por nada. Por delante de todo, la coherencia ideológica convergente. Favor por favor, la Comisión de Calidad Democrática dictó sentencia y así todo ha cambiado para seguir lo mismo.

Sobre el futuro de la filosofía en "Futuro Abierto" (RNE)


¡Otra vez en la radio! Esta vez, con filósofos de verdad para hablar sobre el futuro de la filosofía. Ha sido en RNE, en el programa Futuro Abierto. ¡Gracias! Me lo pasé en grande.

Aquí está el enlace para escuchar el programa. Una hora de debate muy interesante.

Sigue su curso



La vida sigue su curso y la Historia torcida de la Filosofía ha abandonado las mesas de novedades y ha saltado a los anaqueles. Es decir, sigue su ciclo de vida, el que sigue cualquier libro. Tengo que felicitarme por el tiempo que ha permanecido en las mesas (más de dos meses) y por el recibimiento que ha tenido. Ahora sólo cabe desear que las ventas se alarguen y que cuando aparezca el segundo volumen, antes del verano, puedan encontrarse los dos hermanitos de nuevo en la mesa, tan felices de haberse conocido.

El coronel Chabert y otros relatos



La colección Penguin Clásicos publica cuatro relatos de Honoré de Balzac estupendamente traducidos por Mercedes López-Ballesteros. Son, en orden de aparición, El coronel Chabert, El verdugo, El Elixir de larga vida y La obra maestra desconocida.

Creo que no hace falta que hable de Balzac, porque es uno de los grandes narradores del siglo XIX. Siempre es un placer meter las narices en los clásicos y si uno de ellos es El coronel Chabert, razón de más. Es uno de mis relatos favoritos acerca de la época napoleónica (aunque todo sucede durante la Restauración) y lo es también si consideramos su retrato de la naturaleza humana, algo a lo que Balzac dedicó muchas atenciones.

Los otros tres relatos no los había leído antes y son más (perdón por la manera de decirlo)... más tremendistas, melodramáticos, al estilo romántico. El que más me ha impresionado ha sido El verdugo, pero no quiere decir que sea el mejor, ni el peor, sino que es una cuestión de gusto y circunstancias, porque los otros dos no desmerecen en absoluto.

Siempre se agradece una buena lectura y esta, sin duda, lo es.

La Guerra de los Mundos



He disfrutado estos días de la (re)lectura de La Guerra de los Mundos, de H.G. Wells. Por cierto, que siempre me había preguntado qué se ocultaba detrás de H.G. y ahora sé que Wells se llamaba Herbert George (o Heriberto Jorge, como se decía antes). La publicación que he tenido en mis manos es la editada por Libros del Zorro Rojo, ilustrada (maravillosamente) por Alvim Corrêa, un dibujante brasileño que trazó a lápiz y carboncillo, en 1906, las mejores imágenes de los marcianos de Wells que conozco. ¡Bravo!

Uno de los marcianos de Corrêa, masacrando a la población.

Si no han leído La Guerra de los Mundos, léanla. Sí, las películas están muy bien, pero si se ponen en la piel de un lector británico de los primeros años del siglo XX, el libro está mejor. Escrita antes de la Gran Guerra, queriendo o sin querer, nos presenta el panorama de la devastación bélica sobre la población civil, el terror, el pánico, la huída de las zonas de guerra, el hambre, los refugiados, la destrucción aleatoria de personas y propiedades, los usos militares de los gases venenosos (¡bien pronto iban a ser conocidos!)... Hasta podría decirse que nos plantea la deshumanización de la tecnología, marcianos mediante, y el extremo de violencia que puede generar, que denuncia la hipocresía victoriana, el colonialismo, el militarismo... ¡Qué sé yo! Todo eso y más. ¡Piensen que está escrita en 1898! La gente se movía a caballo y no existían ni la radio ni los aeroplanos, y los marcianos ya tenían algo así como un rayo láser (el Rayo Ardiente) y un agente químico mortífero (el Humo Negro). Tremendo.

Aunque es una obra menor (vamos, que no es Shakespeare, ni falta que le hace), es una gran obra y no puede negarse su sitio en el cánon de los libros que, a poco que se pueda, hay que leer. Porque es buena, caramba, y porque da mucho en que pensar. Además, uno se lo pasa en grande con las angustias del protagonista y sus aventuras. Es, en fin, uno de esos libros que nos recuerdan qué bueno es leer.

Sólo solo o solo sólo, según se mire


Estos días estoy trabajando en la edición del segundo volumen de mi Historia torcida de la Filosofía y la correctora me ha llamado la atención sobre las tildes en el adverbio sólo y los pronombres demostrativos, como éste, ése o aquél. Yo protesto, me quejo... pero me quedo solo y sólo me resta obedecer.

Aunque algunos académicos de la RAE y muchos polemistas ponen el grito en el cielo, la Academia resolvió hace ya unos años suprimir esas tildes. Sus razones son poderosas y mi correctora lleva razón, pero yo me resisto con uñas y dientes y cuando escribo para mí no me dejo una tilde. ¿Por qué razón? Sinceramente, por una razón muy egoísta, porque me gustan esas tildes, sólo porque me gusta verlas ahí puestas, porque no me siento tan solo con ellas cerquita. Cuando las borro, las añoro, inmediatamente.